¿Somos nuestras emociones?

Si crees que la respuesta es sí o es no, te invito a seguir leyendo. Creo que este texto te aportará una nueva perspectiva reconciliadora y útil.

Muchas veces se dice que no somos nuestras emociones y que tenemos que observarlas y dejarlas pasar. Pero, ¿es cierto?

Pues no es cierto para luego serlo, en parte. Realmente depende del estadío en el que nos encontremos dentro de nuestro camino espiritual.

Cuando la respuesta es «sí»

Y es que sólo cuando hayamos sanado muchas de nuestras heridas e integrado nuestras distintas partes, podremos conectar con estados de conciencia que transcienden las emociones tal y como las conocemos, el espacio, el tiempo y lo que queramos. Sólo cuando estemos en paz con nuestra individualidad podremos trascenderla y volver nuestra identidad más relacional. Si intentamos acceder a ese estado trascendente sin escuchar nuestras emociones ocurrirán dos cosas. La primera es que perderemos algo valioso. No escuchar nuestras emociones es una opción muy poco inteligente porque las emociones nos proporcionan información a tiempo real y muy precisa sobre el estado de satisfacción de nuestras necesidades. Además, estaremos cayendo en el baipás espiritual: una práctica anti-espiritual que nos desconecta de nuestro sufrimiento y convierte nuestra «espiritualidad» en una práctica narcotizante y escapista.

Por lo tanto, primero hemos de establecer una conexión profunda con nuestras emociones. Y eso requiere de un entendimiento más profundo de las emociones y de un nuevo vocabulario. El vocabulario es importante, porque nombrar algo puede ser útil para hacernos consciente de ello. Incluso, se podría decir que nombrar algo genera nuevas realidades, pues las personas se comportarán de manera diferente si son conscientes de algo nuevo.

Cuando hablamos de controlar las emociones, suena demasiado a represión emocional. Y además implica una separación. Podemos controlar un robot, una máquina o a una persona, pero sería raro controlar nuestra mano izquierda, salvo que tuviésemos un desdoblamiento de personalidad donde una personalidad moviese la mano izquierda y la otra el resto del cuerpo, o si nos sintiésemos como un pequeño marcianito dentro del cráneo que mueve unas palancas que controlan el cuerpo. Entonces, al igual que no decimos que controlamos la mano izquierda sino que la movemos porque es una parte de nuestro ser, tampoco podemos hablar del control emocional si queremos conectar con las emociones a un nivel más profundo. Nuevas relaciones necesitan nuevas expresiones.

La expresión gestionar las emociones puede ser un poco más suave, pero tiene el mismo inconveniente. Gestionamos cosas, empresas, nuestras cuentas, nuestra casa o el tiempo. Pero no gestionamos nuestro riñón derecho.

Para unirnos con nuestras emociones nos vendrá bien el amor. Y cuando alguien nos habla demostramos nuestro amor escuchando. Así, cuando nuestras emociones nos hablan y nos cuentan cositas sobre nuestras necesidades, escucharlas es una forma de amor, una forma de integrar la información que nos traen dentro del funcionamiento de nuestro cuerpo, como si fuesen una piececita más dentro del engranaje biológico que es nuestro cuerpo. Pongamos esta expresión a prueba: ¿Podemos escuchar nuestro corazón, nuestra intuición, nuestro cuerpo? Sí, porque son parte de nuestro ser. También podemos escuchar a una persona, que a priori sería algo distinto. Pero ocurre una cosa curiosa. Cuando escuchamos a otra persona estamos siendo la relación que establecemos con ella. De hecho, dependiendo de lo profunda que sea la escucha, podemos llegar a in-corporar a la otra persona hasta el punto de sentir lo que siente. Por lo tanto, escuchar nuestras emociones es una expresión que nos acerca a ellas.

Al escuchar nuestras emociones llevamos nuestra atención a ellas, las atendemos, les damos atención y nos unimos a ellas al igual que una atención sostenida en un objeto nos funde con él. Es decir, llevar la atención a nuestras emociones también nos acerca a ellas.

Hay otra expresión que puede gustarnos más o menos y es la de ser conscientes de nuestras emociones. Y digo «más o menos» porque se puede malinterpretar. En mindfulness a veces cuentan la técnica de hacernos conscientes de las emociones, nombrarlas y dejarlas pasar. Sería equivalente a ver a una persona sufriendo, entender qué le hace sufrir y qué necesita, mirarla a los ojos y pasar de largo. Si no actuamos así, entonces puede ser interesante.

La expresión conectar las emociones con la conciencia me gusta especialmente porque reconoce que tenemos una parte consciente y otra inconsciente, aunque la frontera entre una y otra sea bastante gradual y cambiante. Digo gradual porque hay cosas sutiles que sospechamos o de las que somos un poco conscientes. Y digo cambiante porque podemos hacernos conscientes de la respiración o de una mala postura y, al rato, nos volvemos a olvidar.

Además, conectar las emociones con la conciencia implica que las emociones son parte de nuestro ser y que hay otra parte que no es emoción. Esto es muy importante porque hay personas que se identifican totalmente con la emoción. Para estas personas la emoción no es sólo una parte de su ser, sino que son totalmente la emoción. Y claro, esas emociones acaban magnificadas, estancadas, sacadas de contexto y desbordando a la persona. Por ejemplo, quienes dicen que son personas ansiosas o tristes. Para evitar situaciones como ésta o como la del secuestro emocional, se acaba reprimiendo, dominando, controlando o gestionando… Sin embargo, al ser las emociones tan sólo una parte, la conciencia permanece clara y serena. Al conectar las emociones y la conciencia, las integramos y nos volvemos más coherentes, es decir, funcionamos de manera más armónica: cada parte cumpliendo una función y relacionándose en armonía.

Después de todo, las emociones son parte del Universo. Y si queremos ser uno con el Universo no podemos separarnos de una parte y pretender fusionarnos con el resto. La espiritualidad, el proceso de conexión, pasa por ser uno con nuestras emociones, integrarlas en nuestro ser.

Veamos un ejemplo sobre la diferencia entre controlar, gestionar o escuchar / conectar la consciencia con las emociones. Imaginemos que vamos a coger un avión y el tren que nos lleva a la estación se cancela. De repente una emoción emerge. Pongamos que es la ansiedad. Controlar la ansiedad sería dejar que no nos sobrepase, incluso aunque tengamos que echar mano de la represión emocional, desconectarnos de la ansiedad o hacernos insensibles a ella. Gestionar la ansiedad podría implicar aplacar sus síntomas, quizás respirando hondo, o convencernos de que no hay razón para sentir ansiedad y así calmarnos (aunque quizás sí que haya motivos para sentir lo que sentimos y exista un riesgo de perder el avión). Sin embargo, escuchar las emociones o conectar la conciencia con las emociones implica dos cosas. Por un lado, nos ayuda a entender por qué está apareciendo esa emoción: tenemos miedo de perder el avión y tener que comprar otro billete. Por otro, implica el poder aprovechar las emociones. En este caso, la ansiedad nos mantiene alerta y nos aporta un estrés positivo que podemos utilizar para resolver la situación. Ambos, entender la emoción y aprovecharla, se juntan cuando empezamos a sopesar el tiempo que tenemos hasta que salga el avión, las posibilidades alternativas de llegar al aeropuerto y el tiempo que nos toman. Entonces, la emoción nos impulsa a actuar para resolver una situación que ponía en peligro una necesidad. Finalmente, si sabemos el papel de la ansiedad (darnos un plus de energía para no perder el avión) podemos regular esa energía. Por ejemplo, nos podemos activar cuando estemos mirando otras alternativas y tranquilizarnos y confiar cuando hayamos tomado una decisión… para volvernos a activar cuando lleguemos al aeropuerto y agradecer a la ansiedad cuando hayamos cogido el vuelo.

Escuchar nuestras emociones y utilizarlas para nuestro beneficio es, sin duda, lo más inteligente. Además de volvernos un ser más armónico, podemos realizar una práctica espiritual en cualquier estado emocional porque, recordemos, no hay emociones positivas ni negativas.

Cuando la respuesta empieza a dejar de ser «sí» y es un «sí y no sólo»

Conforme vamos conectando con nuestras distintas partes, abrazándolas de manera compasiva e incondicional, nuestra identidad se va volviendo menos individual y más relacional. Poco a poco vamos sintiendo más allá de nuestra referencia individual y nos abrimos a procesos más globales. Conforme vamos siendo capaces de conectar de manera más profunda con otras personas empezamos a ser más capaces de ponernos en su lugar y de intuir lo que sienten. Incluso, cuando la conexión interpersonal es muy clara, podemos sentir lo que la otra persona está sintiendo de manera simultánea, casi como si fuésemos un espejo. Esto, aunque parezca raro, puede ocurrir cuando la persona no está presente. Se han realizado muchos experimentos de mascotas que saben cuándo vuelven a casa las personas que los cuidan o de madres que saben si su bebé tiene hambre porque sienten un picor en los pezones o de personas que pueden averiguar quién les llama antes de cogerlo. Estos procesos son más claros cuanto más claro es el vínculo entre los seres.

También hay ocasiones en las que podemos sentir un dolor que no es nuestro propiamente dicho, pero sí en parte. Por ejemplo, podemos sentir (no digo imaginar, sino sentir) el dolor de un pueblo azotado por la guerra, o el dolor de las mujeres que sufren la opresión del patriarcado o el dolor de las víctimas de una dictadura o un genocidio a gran escala. Podemos sentir dolores colectivos e incluso dolores históricos. Cuando estamos en un grupo, podemos acabar manifestando algo que el grupo necesita expresar, no porque sea una emoción nuestra, sino porque flota en la red de relaciones del grupo. Hay quien dice que eso sirve para sanar estas heridas colectivas o satisfacer necesidades grupales. Pero lo que está claro es que es una experiencia poco cotidiana pero bastante común. También podemos trascender las barreras de nuestra especie y sentir el dolor de la Naturaleza, tan castigada por una especie que se siente separada de ella. Más allá del dolor, también se puede sentir todo el amor que la Naturaleza nos tiene, a pesar de. O toda la compasión que ha habido en procesos de reconciliación, o en campañas noviolentas a lo largo de la historia.

Conforme nos vamos abriendo a las relaciones que somos y de las que formamos parte, nuestras emociones también se van modificando. Seguimos pudiendo sentir las emociones individuales, que nos hablan de necesidades individuales, y además empezamos a sentir emociones colectivas, que nos hablan de necesidades colectivas. Abrirse a ello es maravilloso, una experiencia de lo más espiritual y un resultado de nuestro camino de conexión.

Cuando la respuesta es «no» sin que eso contradiga lo anterior

Conforme vamos profundizando en nuestro proceso espiritual vamos pasando de una lógica de blanco o negro donde «esto es cierto y esto otro es falso» a una lógica más cercana a la realidad paradógica en la que vivimos, donde «esto es cierto y esto otro también es cierto». Puede ser un poco desconcertante si no lo hemos experimentado, pero cuando nos damos cuenta de ello nos parece algo tan natural y aplastante como ilógico, según la lógica de blanco y negro.

Es cierto que en algunos estados meditativos profundos podemos sentir una gran paz interior que todo lo inunda y desborda. Durante unos instantes en el que el tiempo parece desvanecerse, el cuerpo se acalla, las emociones se calman y la mente parece desaparecer. Es como un estanque en el que la superficie está totalmente en calma. Podemos confundir el estanque con un espejo o con parte de un paisaje, donde parece que el estanque no existe sino que es un pedacito de cielo en la tierra. Sin embargo, existe, está ahí. Simplemente su superficie no se mueve y, como no tenemos costumbre de experimentar ese estado de quietud, nos cuesta reconocer la superficie como superficie y el estanque como estanque.

Las personas que han entrado en ese estado de quietud pueden confundirlo con un estado donde no hay emociones, ni cuerpo ni mente y, por lo tanto, cuando conectamos con nuestro ser nos damos cuenta de que no somos ni emociones, ni cuerpo ni mente. Como la mirada del Tiranosaurio Rex, que no ve a las presas que no se mueven, nuestra mirada nos lleva a creer que, al no moverse, las emociones, el cuerpo y la mente han desaparecido. Y al poco salimos de ese estado de quietud y el cuerpo, las emociones y la mente se vuelven a mover, y las volvemos a reconocer en su estado cotidiano. Pero como ya hemos tenido esa experiencia de quietud nos parece que las emociones, el cuerpo y la mente son en realidad una ilusión. Y entonces las empezamos a negar y dejamos de escucharlas, y nos desconectamos. Y como encima hay toda una filosofía que afirma que son una ilusión, pensamos que hemos accedido a un conocimiento muy profundo y que el mundo es una ilusión, queremos huir de él para encontrar la verdad última y acabamos en el baipás espiritual.

La filosofía del yoga está hecha para ayudarnos a calmar la mente. Durante la meditación nos puede ayudar todo lo que genere una tendencia de la atención a permanecer estable. Así, si pensamos que las emociones, los pensamientos y las sensaciones no son nuestra esencia, ni son lo que estamos buscando, entonces la atención tenderá a ignorarlas y a centrarse en nuestro objeto de atención. Y eso nos ayudará a conectar existencialmente con ese objeto, a fundirnos con él. Pero todo acaba ahí. Llevarlo fuera de la meditación sería negar el mundo, desentendernos de él y acabar en el baipás espiritual, desconectando.

Para mí la guía fundamental es el amor, la conexión. Todo lo que nos separe y desconecte estorba. Todo lo que nos ayude a unir, integrar y reconciliar es una herramienta espiritual. Teniendo esto claro, podemos transitar nuestro camino espiritual sin miedo a perdernos ni necesitar de guías externas.

El taller emocional

Las emociones son herramientas que nos ayudan a estar mejor.

Si no atendemos a nuestras emociones, se quedarán guardadas durante el tiempo necesario. Las emociones no atendidas se encajan en nuestro cuerpo y nuestra mente. De hecho, con terapias corporales de sanación es posible que un hombre de 63 años llore como un bebé porque había reprimido ese llanto hasta ahora. Las emociones atascadas tensan el cuerpo y agitan la mente. Y acabamos teniendo un martillo que sigue queriendo sacar un clavo, una llave inglesa que sigue queriendo apretar una tuerca, un destornillador que no ha terminado de atornillar una tabla. Y nuestra mesa de trabajo parece un auténtico caos, lleno de montañas de herramientas congeladas en el tiempo. Con este caos, no hay quien medite…

Cuando las vamos abrazando, entendiendo y aprovechando, las emociones concretas desaparecen cuando dejan de ser necesarias. Desaparecen sin dejar rastro, como las aves volando en el cielo. Así, vamos utilizándolas y van desvaneciéndose cuando ya no las estemos usando. Volverán cuando sean necesarias y volverán a desvanecerse cuando ya no lo sean. Y poco a poco nuestra mesa va estando más y más despejada, y vamos viendo el fondo de la mesa. Y nuestro cuerpo está menos tenso, más blandito y fuerte, más relajado y más sano. Y nuestra mente está más calmada y despierta, entiende con mayor claridad y es capaz de sostener la atención durante más tiempo. Así es un gustazo meditar…

Espero que este texto te ayude en tu meditación y en tu vida, tanto o más como me ha ayudado a mí.

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