Pagar a alguien por no producir nada

¿Por qué tendría que pagar a mi profesor de yoga, taichi o meditación si no producen nada?

Es una pregunta entendible en una sociedad donde la mayor parte de la gente tiene una vida bastante dura, unas condiciones muy precarias en empleos donde les pagan por producir, vender… en definitiva: a la mayor parte de la gente le pagan por hacer algo que la economía valora.

Entonces, ¿tiene sentido pagar a alguien para que practique silencio, contemplación, lea sobre filosofía o practique yoga o taichi por su cuenta?

En muchas otras sociedades siempre ha habido o hay una parte de la población que se dedica a estas prácticas contemplativas y, o bien reciben subvenciones del gobierno o bien reciben contribuciones de personas, o bien las dos. En nuestra sociedad, la principal referencia de esto es la Iglesia, que muchas personas perciben como poco espiritual y muy conservadora. Así que nos hemos quedado sin referencias para percibir la importancia del papel contemplativo en la sociedad. Por lo tanto, a veces nos cuesta entender que una persona pueda dedicarse a «enseñar meditación». Quizás la práctica de asanas de yoga sea más asumible, por aquello de que requiere un esfuerzo físico ¡donde incluso puedes llegar a sudar! Pero si vamos a una práctica muy suave de posturas pueden saltar otra vez las alarmas de «¿por qué iba a tener que pagar por esto si no ha habido esfuerzo físico?»

Nos han educado para ver la riqueza como dinero. Así, una persona rica es una persona que tiene mucho dinero. Quizás, si le damos una vuelta más, podemos ver que nuestro trabajo también es una forma de riqueza, ¡que para eso nos pagan! O incluso podemos ver riqueza en la Naturaleza: recursos naturales. Pero hay una forma de capital que no aparece en los manuales de economía: el capital espiritual.

Sí, son estas personas que acumulan en su haber horas de silencio, presencia, estudio y dedicación devocional. Son estas personas las que nos aportan perspectiva, las que desarrollan una amabilidad mucho más honda y auténtica, las que mejor escuchan, las que mejor abrazan, las que, con unas sencillas palabras, nos permiten entender algo que nos llevaría horas de estudio y práctica … Son personas cuya presencia transmite paz. Y, aún más, son capaces de enseñarnos a producir ese capital espiritual en nuestra propia vida.

En un momento histórico donde nos desconectamos de nuestro cuerpo, donde ya no saludamos a la gente por la calle ni tenemos la confianza de dejar a nuestras hijas e hijos con nuestras vecinas, donde hay cada vez menos lugares de encuentro en las plazas que no sean de pago, donde cada vez tenemos menos contacto con la Naturaleza… es en este momento de gran desconexión donde el capital espiritual es más valioso, pues nos ayuda a reconectar.

Se dice que la industria del yoga mueve sólo en EEUU unos 10.000 millones de dólares al año. Pero no me estoy refiriendo a unas prácticas que se disfrazan de espiritualidad pero fomentan la competición y la autosuperación por encima de la escucha al cuerpo y la interiorización. Me refiero a un yoga que te conecta, un taichi que te aporta salud, una meditación que te aporta un sentido de profundidad y serenidad en tu vida cotidiana, unas prácticas que te vuelven un ser más compasivo, cariñoso y consciente. Es esa espiritualidad la que es valiosísima, la que nos enriquece con ese capital espiritual.

¿Significa eso que quienes ofrecemos una sesión de posturas o un espacio de meditación hemos de cobrar dinero porque si no no le estamos dando valor? No. Significa que es legítimo recibir dinero por ello. También significa que, si alguien te ofrece una práctica espiritual como un regalo, te está regalando algo valioso (a veces mucho más que el dinero) y, por lo tanto, puedes sentir la misma gratitud o más que si alguien por la calle te da dinero porque sí o te encuentras con que alguien que no conoces te ha dejado pagada una comida en un restaurante. Hablo de ese tipo de gratitud.

Puedes pagar para que una persona siga cultivando silencio, tan valioso en la era del ruido, o puedes aceptar su ofrecimiento como un regalo. Pero, en cualquier caso, lo que recibes tiene un valor incalculable. Muchas veces no se puede expresar en dinero, al igual que pasa con el capital natural u otras formas de capital. ¿Cuánto cuesta la extinción de una especie? ¿Cuánto dinero perdemos cuando una lengua deja de hablarse o el conocimiento sobre cómo usar ciertas hierbas medicinales se pierde? ¿Cuánto podríamos pagar por ese abrazo en ese momento tan oportuno, ese momento donde nos han escuchado sin juzgarnos o ese momento de acompañamiento que nos ha permitido volver a sentir esa conexión con el resto de la realidad? ¿Cuánto dinero merece una persona que nos da unos consejos sobre meditación que nos cambian nuestra práctica y nuestra vida? ¿Tendríamos que pagar más a una persona con familiares a su cargo que a alguien que lleva una vida muy sencilla y no mantiene a nadie más?

Termino con preguntas porque, como en la espiritualidad, lo que más sabiduría nos aporta son las preguntas. Porque una pregunta, cuando está bien planteada, viene cargada de sabiduría.

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