Mitos de la meditación

A lo largo del libro hemos ido viendo muchas herramientas para clamar la mente y disfrutar de una relación más armoniosa con nuestro cuerpo y los seres que nos rodean y conforman la red de la vida. También hemos visto qué es la meditación, qué efectos tiene y qué papel juega en la práctica del yoga.

La meditación es una práctica sencilla. Sin embargo, todavía hay muchos mitos en torno a ella. Algunos ya los hemos visto, otros todavía no. Y están tan extendidos que los vamos a oír muchas veces.

Cuando hablamos de mitos, nos referimos a afirmaciones que, a pesar de no ser ciertas, no son mentira. La mentira implica una intención de ocultar la verdad. El error, sin embargo, suele llevar aparejada una intención honesta. El mito ocurre cuando un error se repite tantas veces que se crea cultura en torno a él. Joseph Göbbels, ministro de propaganda nazi, decía que una mentira repetida muchas veces se percibía como cierta. Quienes trabajan en publicidad lo saben muy bien. En el caso de los mitos el proceso es todavía más efectivo porque la gente no sabe que lo que está diciendo no es cierto. No sólo es que no estén mintiendo, sino que es que no se están ni engañando a sí mismas. El convencimiento en lo que están transmitiendo es absoluto y la intención de aportar algo valioso es totalmente honesta. Y así es más difícil darnos cuenta de que lo que dicen no es cierto. De hecho, la mayoría, si no la totalidad, de todas las personas que estamos profundizando en la práctica espiritual hemos asumido algunos de estos mitos como ciertos e incluso hemos ayudado a su propagación y lo hemos hecho de todo corazón.

Por lo tanto, para discernir entre lo que es mito y lo que no, no podemos basarnos solamente en la actitud de las personas que nos transmiten un conocimiento dado. Para poder discernir, un criterio fiable puede ser la base sobre la cual se asienta nuestra práctica, es decir, la esencia y el propósito de nuestra práctica. Si damos el salto a lo complejo y perdemos de vista lo sencillo, no tendremos una referencia clara para filtrar el mito del conocimiento práctico y útil a nuestro propósito. Si nos quedamos con la forma y olvidamos la esencia, acabaremos asumiendo dogmas sin entender el por qué ni el para qué, confundiremos una verdad contextual (que tiene sentido en un contexto concreto) con una verdad absoluta (aplicable a cualquier situación), la mente se nos volverá rígida y nos cerraremos a la increíble variedad de formas o expresiones concretas de la espiritualidad, el yoga y la meditación que son coherentes con la esencia y el propósito de éstas. Además, acabaremos pensando que nuestra forma es mejor que otras, recomendaremos nuestro método incluso a personas a las que no les viene bien, pudiendo llegar a juzgar a esas personas por tener dificultades con nuestro método, generaremos separación y la sabiduría, que normalmente llega con la humildad, pasará de largo.

Por todo ello, hagamos un repaso breve de lo más básico y que muchas veces se olvida.

Yoga significa unión, no lo contrario. La unión es conexión, establecer relaciones o vínculos entre elementos que creíamos y sentíamos como separados, es decir, integrar esos elementos en un sistema armónico. Lo contrario es decir: “No eres esto”. Lo contrario es partirnos en cachitos y quedarnos con una parte para negar, reprimir u ocultar el resto. Eso es desconexión. Yoga no es dominar, sino escuchar y abrazar todas las partes. Yoga es comprender cómo se relacionan esos elementos y reconocer la valiosa función que cumplen. Yoga no es demonizar una parte (diablo significa separación) para pasar de ella, es decir, desvincularnos. Si acaso es absorbernos en una observación plena y serena donde nos fundamos con lo que observamos y lo entendamos mejor.

En la rama del yoga de la meditación, el propósito es calmar la mente, no porque sea el enemigo ni un mono loco, sino porque una mente atenta y relajada nos permite sostener la atención durante más tiempo y eso nos lleva a una sensación de conexión con lo que observamos. Así de sencillo. A partir de aquí, cualquier creencia, instrucción o práctica puede pasar nuestro filtro. Ahora veremos algunas de las que claramente no pasan ese filtro o que en un contexto lo pasaron, pero al generalizarse lo dejaron de hacer. Obviamente hay muchos mitos, así que sólo nos centraremos en los más populares.

MEDITAR ES OBSERVAR LA RESPIRACIÓN

La meditación es el proceso en el que nuestra identidad se vuelve menos individual y más relacional y ocurre gracias a sostener la atención, de manera estable y prolongada, en un objeto o proceso. Es decir, que es un proceso involuntario que se produce tras una parte voluntaria. Sin embargo, existe un uso muy extendido del término “meditación” que se refiere a la parte voluntaria, es decir, el sostenimiento de la atención. Dicho en términos de yoga clásico, tras el sostenimiento voluntario y estable de la atención (dharana), ocurre un proceso involuntario de disolución de la sensación de separación (dyana). Hay quienes llaman meditación a dharana y quienes llamamos meditación a dyana, pero como la lengua está viva y en continua evolución, más que pelearnos por el significado de la palabra, asumiremos que lo importante es saber si quien dice meditación se refiere a dharana o dyana.

Así, parece que quien cree que meditar es observar la respiración se está refiriendo a dharana. En este caso, no es que sostener la atención en la respiración no sea una meditación; claro que lo es. Simplemente está confundiendo el todo por la parte. Ese tipo de afirmación genera mucha confusión y vuelve rígida a la mente porque en el momento en el que nos expongamos a otro objeto o proceso de meditación/observación, vamos a responder con extrañeza. Sería mejor decir que meditar es observar (dharana). Se puede observar la respiración o los sonidos que nos rodean o las sensaciones de la piel o el espacio que nos rodea o el entrecejo o la tendencia ascendente en el interior del cuerpo o la fuerza del elefante… Los yoga sutras tienen muchos ejemplos, pero hay muchos más. El límite es la imaginación.

Así, no es que haya muchas prácticas meditativas. En el fondo, el proceso es el mismo. Da igual que estemos en movimiento o no, en una postura u otra, que el objeto o proceso que observamos sea uno u otro, que la atención esté centrada o abierta… Puede tener un nombre u otro, pero el proceso interno, la esencia y el propósito es el mismo.

MEDITAR ES SENTARSE EN EL SUELO EN LA POSTURA DEL LOTO Y CERRAR LOS OJOS

Es común encontrarse a personas que dicen que no pueden meditar porque no aguantan la postura. Al poco de sentarse en el suelo empiezan a acumular tensión en la espalda y se debaten entre aguantar el dolor o abandonar. Hay personas con problemas de ansiedad a las que cerrar los ojos les supone un mundo. Otras se ponen nerviosas si no están haciendo algo.

Con lo que hemos visto en el apartado anterior, parece claro que es más sensato adaptar nuestra práctica a nuestra condición que al revés.

¿Y de dónde viene esa creencia? Es un proceso interesante. No son muy comunes los manuales de meditación que afirman que SÓLO se puede meditar en cierta posición y con cierto estado de los párpados. Pero como la mayoría lo describen de una manera similar, al final aprendemos a través de la información implícita. Y al final la imagen que tenemos es de una persona sentada en el suelo, preferiblemente en la postura del loto, y con los ojos cerrados. Lo mismo ocurre al exponer la belleza del cuerpo humano: como los cuerpos expuestos tienen ciertas características de complexión, género, actitud… la idea que nos formamos de belleza acaba siendo muy restringida y nos impide ver la belleza de nuestro cuerpo y del de otras personas y nos empuja a sexualizarlos como única respuesta a la belleza de un cuerpo humano.

Para evitarlo puede haber, al menos, dos estrategias. Una es la diversidad. Si explicamos algo de maneras diferentes, ponemos varios ejemplos de lo mismo y/o además hacemos referencia al propósito o finalidad que cumple, evitaremos dogmatismos y otras rigideces en la práctica. La otra estrategia es la de favorecer el entendimiento. Y eso se puede hacer posible explicando el contexto en el cual se aplica la práctica y la finalidad que se persigue. Ambas estrategias comparten la cualidad de dar un sentido a lo que se describe y, mejor todavía, son compatibles entre sí. Si bien es cierto que a veces la práctica exige brevedad en la explicación, también es cierto que, antes o después, siempre se puede mencionar que ésta es una de las formas de hacerlo. Si hay conciencia de la importancia de evitar los dogmas e intención de hacerlo, éstas y otras estrategias salen de manera natural.

MEDITAR TODOS LOS DÍAS

Venimos de una cultura que no siempre facilita nuestra práctica espiritual. De hecho, muchas veces la dificulta. Por eso es tan importante que seamos conscientes en todo momento, no ya de la filosofía del yoga, sino, más importante aún, del propósito del yoga. Porque son muy comunes los ejemplos de prácticas orientales que se llevan a cabo con las filosofías occidentales del mérito, del éxito, del esfuerzo, del abnegado sacrificio o del progreso y la autosuperación. Y al final se generan trampas en las que nuestra práctica, más que llevarnos a una identidad más relacional, nos refuerza una autoimagen individual de alguien que hace posturas más “avanzadas”, medita todos los días y es supermegaultraespiritual. Es decir, al final practicamos yoga para separarnos de la realidad y definirnos como una auténtica estrella del yoga o de la meditación gracias a una exhaltación y engrandecimiento narcisista del yo. Felicidades, nuestros músculos definidos por la práctica sostienen nuestra postura, cada día un poco más flexibles, nuestras caderas un poco más abiertas, en unos meses podremos pasar a la siguiente asana, a la siguiente serie, al siguiente nivel… Y todo gracias a nuestra voluntad, al control de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Gracias a nuestra práctica constante y disciplinada aprendemos lo que somos capaces de hacer, todo lo que podemos expandir los límites de lo posible y nos sentimos bien, muy bien con nuestro cuerpo flexible y delgado, muy bien porque nos hemos superado, cada vez podemos estar más tiempo meditando, en silencio, tanto que incluso empezamos a tener superpoderes inimaginables, somos la leche, somos la mejor versión que podemos llegar a ser en cada momento, mucho mejor que el resto de los seres humanos, de hecho, somos la gran promesa de la espiritualidad en Occidente, un nuevo mesías cuyos libros y cursos serán recordados durante milenios…

Podríamos seguir inflando la burbuja de nuestra autoimagen todavía más, pero ¿para qué? Como toda burbuja, explota y nos venimos abajo. Y es al tocar el fondo de la realidad cuando nos conocemos y nos encontramos. Eso si no volvemos al autoengaño y la autoafirmación de nuestra imagen virtual.

No es necesario meditar todos los días ni seguir una disciplina donde empecemos por veinte minutos y acabemos en dos horas por la mañana y dos horas por la tarde. Pero ¿por qué parar ahí? Después de todo podríamos hacer un día de silencio a la semana o incluso un retiro de diez días de meditación y silencio, o varios retiros de diez días. Hay quienes hacen retiros de un mes. Dos. Pero ¿por qué parar ahí? Siempre podemos seguir acumulando horas, días, meses o años de meditación y se nos reconocerá nuestra maestría en el noble arte de observar y no hacer nada. Felicidades otra vez.

Entonces, ¿con cuánta frecuencia hemos de meditar? Responder a esta pregunta con una cifra sería una manera de imponer una teoría a la realidad; sería una forma de dominio. En vez de decirnos cuándo tenemos que meditar, sería más interesante escucharnos cuándo queremos meditar y encontrar el disfrute en la práctica. Si nos dedicamos un ratito de introspección como parte de una rutina, por obligación, la mente va a agitarse porque no nos hemos dado el tiempo para conectar con nuestras motivaciones. Quizás hubiésemos querido meditar, pero la imposición lo ha convertido en un deber, una obligación, una tarea, un trabajo, un sacrificio. Y claro, si nos ha costado un esfuerzo y hemos sufrido, nos merecemos un mérito que nutra nuestro narcisismo porque somos la leche. ¡Qué disciplina tenemos que llevamos dos semanas y media meditando todos los días! Felicidades otra vez. Lástima que, en el proceso, algo tan sencillo, natural, placentero y transformador haya quedado relegado a algo difícil, que exige disciplina, sacrificio y que sirve al propósito opuesto al original.

Algo muy parecido ocurre con las alarmas. Es tremendamente común fijar una alarma para terminar la meditación. El problema no es la alarma, sino el motivo por el que la ponemos. Normalmente se pone la alarma para marcar un tiempo fijo. No es un tiempo mínimo ni uno máximo. Cuando suena la alarma la meditación se acaba. Si queremos dejarlo antes nos obligamos a continuar porque pensamos que es nuestra mente la que nos sabotea la práctica, en vez de admitir que no hemos sabido o podido relajar la mente o que es hora de actuar para resolver algo que nos inquieta. Si queremos continuar una vez haya sonado la alarma nos obligamos a dejarlo para demostrar que no tenemos apego a un estado de paz interior. Al final imponemos lo artificial a lo natural. Forzamos, dominamos.

¿Por qué no practicamos sin alarma? La práctica de honestidad y escucha necesaria para admitir que ya no nos apetece continuar es maravillosa y da una gran sensación de libertad. Pero, ¿y si sólo tenemos 40 minutos? Entonces podemos ponernos una alarma para no tener que estar pendientes del tiempo, como forma de higiene mental (saucha), para generar un espacio seguro de práctica donde la mente pueda calmarse. Por tanto, la alarma marcaría un tiempo máximo antes del cual se podría meditar hasta que el ejercicio de escucha y honestidad que nos ayuda a pillarle el gustillo a meditar nos diga que ya no nos apetece continuar. Y eso es así porque estamos actuando como si la meditación fuese algo que nos gustase. A ninguna personita se le obliga a jugar durante todo el recreo. No hace falta. A lo que se les obliga es a dejar de jugar al final del recreo.

Con la meditación es igual. Nos comportamos como si fuese algo obligatorio, algo que nos hace sufrir y nos requiere un esfuerzo. Todo eso nos aporta mérito y nos agranda la autoimagen.

¿Significa esto que las personas que tienen una práctica regular o que hacen retiros largos lo hacen para reforzar una autoimagen de persona con una gran práctica espiritual? No. Significa que no importa la frecuencia sino la intención. No es una cuestión de cantidad sino de calidad.

Está claro, incluso ampliamente demostrado, que la continuidad tiene sus frutos. De eso no hay duda. Sin embargo, es más importante establecer al principio una práctica sencilla y auténtica que apresurarse a obtener resultados rápidos si queremos tener una práctica verdaderamente espiritual en vez de una operación de maquillaje espiritual de una identidad individual. Dicho de otro modo, antes de ponerse a andar en línea recta, es mejor apuntar bien y saber hacia adónde queremos andar.

Para hacer el cambio de mentalidad puede resultar útil plantearnos la relación que tenemos con la meditación. Si la concebimos como una práctica compleja y elevada, puede que la motivación para la práctica de la meditación no sea muy espiritual. Y es que ser reconocidos o autoreconocidos como un ser elevado mola, nos hace sentir bien, pero es una percepción falsa de quienes somos en realidad. Sin embargo, si reconocemos la sencillez del acto de sostener la atención de manera consciente y relajada, algo que mucha gente hace de vez en cuando sin ni siquiera haber oído hablar de meditación, y somos conscientes de los efectos que tiene, no meditarán aquellas personas que quieren ensalzar su autoimagen, sino las que humildemente disfrutan de manera sencilla del proceso gradual de conexión.

EL MITO DEL MONO LOCO

Existe un mito que reza que la mente es un mono loco y hay que domesticarlo.

Este mito es absolutamente falso y sirve para ilustrar la instrucción de devolver la atención a nuestro objeto de observación cada vez que nos distraemos. El problema es que a veces la mente está agitada y devolver la atención no es suficiente porque, en cuanto pasen unos segundos, la atención se vuelve a dispersar. Y, sinceramente, para estar 20 minutos trayendo la atención de vuelta cada dos segundos, mejor hacemos otra cosa. Además, incluso aunque seamos pacientes y benevolentes con nuestra atención, la actitud que tenemos sobre nuestra mente es de dominio, de control, y eso no ayuda a calmar la mente.

La mente no es un mono loco. Su naturaleza no es estar agitada ni producir pensamientos sin cesar. Su naturaleza tampoco es engañarnos ni ponernos trampas. La mente no es nuestra enemiga. Quien no sabe calmar su mente pensará que la mente es un mono loco, pues eso describe su experiencia. Pero la mente puede ser serena, como un estanque cristalino de lisa superficie. La mente puede soñar o tener un ataque de pánico o de risa. La mente es muy versátil y su estado dependerá de nuestro ambiente exterior e interior. Podemos desarrollar hábitos de pensamiento, pero eso no significa que la esencia de la mente sea la de esos hábitos de pensamiento. Incluso podemos vivir con personas que tienen esos mismos hábitos de pensamiento o, todavía más, podemos vivir en una cultura donde ciertos hábitos de pensamientos estén tan extendidos que sean difíciles de ver. Pero eso no implica que la mente sea así. Por ejemplo, podemos detectar un montón de creencias implícitas tremendamente machistas, pero eso no significa que la mente sea intrínsecamente machista. Así, podemos vivir en la sociedad de la inmediatez y las prisas y sentir que a todas las personas que nos rodean les cuesta relajarse, tienden a seguir razonamientos incoherentes y hablan más que escuchan. Pero eso, nuevamente, no es la naturaleza de la mente, por mucha gente que conozcamos con esos hábitos mentales.

Decir que la mente es un mono loco es un peligro porque, por un lado, normaliza los estados mentales agitados y, por otro lado, nos impide darnos cuenta de la naturaleza interdependiente de la mente. La mente no es un enemigo que nos sabotee la meditación, sino que tiende a adaptarse a nuestro entorno para que podamos satisfacer mejor nuestras necesidades. Por ejemplo, acabamos de discutir con alguien o tenemos el hábito de dejar las tareas para otro día, nos ponemos a observar la respiración y nuestra mente está agitada. Entonces decimos: “La mente es un mono loco”. Sin embargo, no nos damos cuenta de qué es lo que nos ha agitado la mente.

Otro ejemplo, desde nuestra más tierna infancia hemos recibido atención y cariño sólo si nos portábamos bien, es decir, sólo si cumplíamos las expectativas de nuestra familia. Nos han enseñado a obedecer e incluso puede que nos hayan alentado a sobresalir dentro de un sistema de expectativas. Un día vamos a probar en un grupo de meditación y quien está guiando nos dice: “Vamos a meditar durante 20 minutos. Durante este rato observa tu respiración el mayor tiempo posible. Para mantener tu atención cuenta las respiraciones del 1 al 10 y del 10 al 1. Si pierdes la cuenta vuelve a empezar desde el principio. Si tu mente se distrae, vuelve a la respiración. Vuelve a la respiración una y otra vez”. Suena el gong y empieza nuestra tarea: observar nuestra respiración el mayor tiempo posible. Y queremos hacerlo muy bien. De hecho, tenemos un sistema de notas que puede cuantificar lo bien que lo hemos hecho. Quizás hasta nos pregunten: “¿Cuántas veces habéis sido capaces de mantener la atención, sin distraeros, contando del 1 al 10 y del 10 al 1? ¿Alguien ha conseguido volver al 1?” Y tenemos que ser esa persona que levanta la mano y diga: “Yo”. Así recibiremos el cariño y la aceptación del grupo y nuestra autoimagen se verá reforzada por ese: “Yo”. Y durante cada respiración contada no estaremos disfrutando de todos los matices de cada sensación física de cada momento, sino que estaremos deseando anotarnos otro punto más en nuestro marcador de meditación. Por otro lado, alguna vez perderemos la cuenta, quizás porque nos hemos distraído o por lo contrario, nos hemos zambullido tanto en la observación de la respiración que hemos perdido el control, es decir, la cuenta. Y cada vez que eso ocurra nos autocastigaremos por haber fallado y empezaremos desde el principio, puede que con culpa o con auto-reproches, que es una forma de violencia. Así, la mente se agitará aún más y alimentaremos el ciclo de distracción-¡mierda!-agitación-distracción. Por suerte, siempre le podremos echar la culpa a la naturaleza inquieta y agitada de la mente y así no nos tendremos que replantear nada. ¡Qué bien, cuánta comodidad! Ya tenemos un juego en el que distraernos: dominar la mente para calmarla.

Concebir la mente como un mono loco y tratar de dominarla desequilibra totalmente la sutil y sencilla combinación de atención y relajación, que es tan útil y necesaria para la práctica de dharana y la aparición gradual de dyana. En esta aproximación, todo el foco se pone en la atención. Solamente con disciplina, fuerza de voluntad y determinación podremos devolver la atención una y otra vez, una y otra vez, como quien se choca contra un muro y pretende seguir el mismo camino. La fuerza bruta y el esfuerzo son dos estrategias muy arraigadas en Occidente. Lo malo de esta estrategia es que, al trabajar solamente la atención, dejamos de lado la relajación y nos perdemos la confianza, la apertura al placer, la intuición… Y, lo peor de todo, al dejar de lado la relajación, la mente sigue tan agitada como al principio, quizás incluso más. Así que es la propia dominación la que perpetúa al mono loco. Es como querer aquietar la superficie de un estanque empujando las olas en dirección contraria. Es decir, nuestra supuesta solución es lo que causa y/o perpetúa el problema.

MEDITAR PARA ILUMINARSE

La iluminación tiene su aquel y no es fácil de entender; sobre todo con descripciones o definiciones como “despertar espiritual”, “revelación de la verdad última”, “fin del ciclo de reencarnaciones y del sufrimiento”, “salvación”, “entrar en el Reino de Dios”, “vivir en el Ser”, “ver la realidad tal como es, sin la distorsión de los sentidos o los conceptos”, “experimentar la dicha más absoluta” y otras aproximaciones que tampoco aportan gran cosa a quien no ha estado ahí. También tiene distintas palabras que lo nombran: iluminación, satori, nirvana, moksha, salvación…

Cada cultura tiene una forma de expresarlo y cómo se expresa condiciona nuestra relación con la iluminación. Muchas veces es algo inalcanzable. En vipassana nos dicen que tenemos que meditar dos horas todos los días durante varias décadas para alcanzar algo que tiene pinta de ser la leche, pero que probablemente no alcancemos porque algún día no podremos dedicarle dos horas y entonces absolutamente todo lo que hemos acumulado no habrá servido de nada porque la iluminación es como un interruptor: o sí o no. Y claro, tanta presión puede que no sea sana. Quizás ayude a desarrollar una obsesión por algo que encima no sabemos lo que es. Además, como dicen en el budismo Zen, querer la iluminación es un obstáculo para conseguirla. Vamos, que el budismo Zen nos hace ver el hilo y la caña de la que cuelga la zanahoria. Y así entendemos que, por mucho que avancemos, jamás estaremos más cerca de la iluminación. La iluminación, dicen, es algo que se nos concede.

De hecho, en la práctica espiritual, tras una experiencia profunda suele haber un efecto rebote que nos impide alcanzar esos estados durante un tiempo, en el cual tenemos experiencias menos profundas de lo habitual. Esto se debe a que nos solemos identificar con la experiencia que hemos tenido y ya no buscamos lo que somos o cómo estamos sino que nos lanzamos de cabeza a repetir esas experiencias y tiramos de los recursos que tenemos más interiorizados: el esfuerzo, la voluntad, la sensación de control… Y todo eso nos aleja de esa experiencia hasta que ya nos rendimos, dejamos de intentarlo o ya no pensamos en ello y volvemos a tener las experiencias que solíamos tener y, de manera puntual, alguna un poco más profunda. Entonces, ¿podemos alcanzar la iluminación o es la iluminación la que nos alcanza? ¿Qué es la iluminación?

Volvamos a lo básico. Yoga significa unión y nuestra experiencia en el mundo se mueve entre una identidad individual, un estado de separación absoluta (0% yoga) y una identidad relacional, un estado de unión total con todo (100% yoga). Y todas las herramientas del yoga y de otras disciplinas nos alejan del 0% y nos acercan al 100%. El 100% es un estado en el cual sentimos una conexión total con todo el Universo, un vínculo existencial con la totalidad, es decir, nos sentimos y nos vivimos como una parte, ahora fusionada, del Todo. Ese vínculo íntimo puede vivirse en una segunda persona, un Tú con el que nos relacionamos, y eso da una espiritualidad creyente. Pero también puede vivirse en primera o tercera persona, un Yo cósmico o un “el Universo”, y eso es compatible con una visión atea o agnóstica de la existencia. Así de fácil. El resto, es decir, normas, identidades colectivas excluyentes, estructuras de poder, es un desarrollo pobre realizado más cerca del 0% que del 100%.

Al final, la iluminación es una experiencia mística, pero ¿a partir de qué porcentaje se considera una experiencia mística: sólo el 100% o también el 99%, 98%, 95%, 90%, 85%…? ¿Dónde está el límite? Después de todo, vemos que hay muchos grados de iluminación o samadhi, es decir, la iluminación no es un interruptor, sino una ruedecilla que regula la intensidad de la luz.

Y, por supuesto, ¿cómo podemos cuantificarlo, sobre todo estando en esos estados de conciencia? Además, lo que para una persona puede ser percibido como una experiencia del 90%, otra persona con una experiencia similar o más profunda todavía podría evaluar su propia experiencia como un 80% u 85%. Vamos, que tampoco nos podemos fiar.

Y lo mejor de todo es que, aunque el sostenimiento de la atención nos lleve a un estado de dyana que nos acerca al 100%, donde está el samadhi, hay muchas personas que han tenido una experiencia mística (cerca del 100% o incluso del 100%) y no han meditado formalmente en su vida. Es decir, la meditación no es el único camino. A veces llega…

Pero bueno, ¿y luego qué? Hemos tenido un viaje increíble… pero tarde o temprano tenemos que comer, limpiar la casa, cagar y hablar con otras personas. Vamos, que la vida sigue.

Hay quienes, tras una experiencia mística, se creen gurús, se montan un ashram y empiezan a enseñar las técnicas que creen que les han llevado a esa experiencia, aunque luego haya muchas personas que han tenido experiencias místicas y jamás han empleado esa técnica. Otras personas, sin embargo, lo viven con vergüenza y lo confiesan sólo en confianza. Una amiga, de hecho, tuvo una experiencia mística repentina en la calle. Iba tan volada de la intensidad de la experiencia que cruzó una calle sin mirar y la atropelló un coche. Por suerte fue leve, pero la bajó a tierra bien rápido.

En las experiencias místicas los lóbulos parietales bajan drásticamente su actividad. Normalmente se encargan de la integración sensorial, es decir, de dar sentido al tacto y tener una experiencia de los límites de nuestro cuerpo. Y si su actividad baja perdemos la sensación de límites, de la separación. Además, una lesión en el lóbulo parietal izquierdo provoca problemas en el habla, lo cual explica por qué las experiencias místicas son tan indescriptibles, tan inefables.

La experiencia mística se nos presenta muchas veces como el objetivo último de nuestra práctica. Sin embargo, este mito es tremendamente dañino y es una versión del mito de la salvación y del mito del progreso. Este mito nos lleva a querer tener algo que no tenemos, querer sentir algo que no sentimos o querer ser algo que no somos. Este mito no nos lleva a integrarnos, a conectar con todo lo que es y, por tanto, no nos acerca más a ese 100% de la experiencia mística. Al contrario, nos anima a esforzarnos, a seleccionar aquellas partes de nuestro ser que más encajan con el estereotipo de persona espiritual o mística y a negar las otras. La presión, además, es enorme y muchas veces no nos deja ver otras formas de espiritualidad más sencillas, más cotidianas y menos regladas. Incluso se contrapone a disfrutar de una relación de pareja y de la crianza en una visión patriarcal de la espiritualidad.

La influencia es tan grande en tantas tradiciones que muchas veces se dice que el deseo de alcanzar la iluminación es el único deseo que no es causa de sufrimiento. Esta posición de privilegio es curiosa. Con lo sencillo que es dejarse llevar por el DMT (dimetiltriptamina), aislado o ingerido en infusión de plantas sagradas, parece que todos los años de práctica y el sentido de nuestra vida, o nuestras múltiples vidas, tuviera que ser el de vivir una experiencia mística, una disolución total, un volver a integrar nuestra gota en el inmenso océano de la existencia para escapar (separarnos) del sufrimiento. Es decir, que tenemos que dedicar toda nuestra vida para tener una experiencia que durará poco tiempo y que promete alejarnos del sufrimiento. Si queremos alejarnos del sufrimiento ciertas drogas funcionan muy bien a corto plazo, aunque sí que es cierto que una práctica narcotizante de negarnos nuestro cuerpo, nuestras emociones y todo lo que nos hace sufrir, no tiene tantos efectos secundarios y socialmente está mejor vista.

Sin embargo, si nuestra práctica espiritual se basa en la integración, hemos de dejar de huir del sufrimiento y el dolor, escucharlo y sanar su causa.

Así que, si nos han enseñado a meditar para alcanzar algún día una hipotética iluminación, quizás sea más interesante dar sentido a todas las pequeñas y grandes ventajas de la meditación. Quizás sea interesante eso de calmar la mente, desarrollar más la capacidad de observación plena, escucha profunda e integrarnos, estar más en paz y ser más capaces de servir al bienestar común y de conectar con lo que nos rodea. Con eso nos acercaríamos más al 100%, pero no porque queramos llegar, sino porque pasar del 38% al 53% tiene un sentido en sí mismo y nos beneficia tanto a quienes practicamos como a quienes nos rodean. Estas prácticas nos permiten vivir con más armonía interna y externa. Y eso ya tiene un sentido en sí mismo.

MEDITAR ES DEJAR LA MENTE EN BLANCO

Este mito esta muy extendido y, aunque es uno de los que primero se desmienten, tiene su razón de ser.

Por un lado, meditar no consiste en dejar la mente en blanco en el sentido de que no se trata de reprimir los pensamientos cuando aparecen o forzarlos a desaparecer. No es cuestión de generar una aversión a los pensamientos o de imponer la ley del silencio en la mente. Y observar y dejar pasar los pensamientos tampoco es la idea. Puede ser una técnica de meditación si elegimos como objeto de observación los pensamientos o el silencio mental que ocurre entre un pensamiento y otro. Pero siempre se trata de observar, no de intentar que haya menos pensamientos.

Por otro lado, si la mente se relaja lo suficiente y mantenemos conscientemente la atención en el objeto o proceso que estemos utilizando, es muy posible que entremos en un estado en el que no percibamos ningún pensamiento. Es un estado de silencio mental donde no es que la mente esté en blanco, sino que está plenamente inmersa en la observación. Es como escuchar a una persona de manera profunda, sin estar pensando en qué podríamos añadir o en por qué dice lo que dice o planificando un argumento para rebatir los suyos. En ese estado de escucha profunda se produce un silencio mental, la mente es estable y establecemos un vínculo a nivel existencial con esa persona, que es ahora el objeto de nuestra atención. La escucha puede ser una forma de meditar. Pero, nuevamente, la mente no estaría en blanco sino en silencio. Quizás la excepción podría darse en las meditaciones en las que no hay objeto de contemplación y la atención se centra en la atención misma, en la conciencia que observa o en la nada, aunque estas prácticas suelen costar un poco más a las mentes occidentales. En cualquier caso, meditar no consiste en no pensar o en dejar la mente en blanco, aunque en algunos momentos o prácticas se puedan experimentar estados de silencio mental o de… nada, vacío.

¿Y qué dice la neurociencia al respecto? ¿Qué ocurre en el flujo de pensamientos cuando la mente se relaja y entra en estado α? Primero podemos traducir en lenguaje neurocientífico es vocecilla que nos habla sobre el pasado y hace proyecciones sobre casos hipotéticos que pudieran ocurrir en el futuro o que podrían haber ocurrido en el pasado. La base física de esa vocecilla es una red neuronal que incluye grupos de neuronas de la zona medial de los lóbulos temporal, parietal y prefrontal y la corteza cingular posterior. Como, por definición, esta red se activa cuando a una persona se le pide que no haga nada, recibe el nombre de red neuronal por defecto.

Esta red es demonizada frecuentemente porque es la manifestación física de esa vocecilla que equivocadamente se quiere silenciar en la meditación. La demonización es el proceso de separar, desligar o desvincular una parte del todo y tratar de distanciarla lo máximo posible. Después de todo, diablo viene de διάβολος (diábolos), que hace referencia a la acción de separar, de poner en contra de. La espiritualidad es el proceso contrario, el de religar, el de integrar. Así que, si en vez de demonizar la red neuronal por defecto, entendiéramos su función, podríamos integrarla en nuestro ser y usarla cuando nos sea conveniente. El final de la lucha contra esa vocecilla se acerca. La hora de la reconciliación por fin ha llegado.

La red neuronal por defecto es, como su propia definición dice, la red neuronal que se activa cuando les piden a las personas que no hagan nada. Cuando estamos en el hacer, estamos en el estado β. Cuando pasamos del hacer al estar, nuestra mente pasa al estado α. Es decir, según la Ciencia, cuando la mente se relaja, la vocecilla se enciende. Pero probablemente no haya pasado desapercibido el efecto contrario: cuando nuestra mente se relaja en la meditación, a veces alcanzamos un gran silencio mental. Sin embargo, a veces, la mente no para…

Aunque la activación de esta red neuronal se ha asociado con menores niveles de felicidad en un estudio de 2010, no hay ninguna estructura cerebral cuya función sea la de hacernos más infelices, boicotear la meditación u obstaculizar nuestra espiritualidad. Al contrario, todas las redes neuronales, si están bien integradas, desempeñan un papel importante en nuestro bienestar en sentido amplio. ¿Qué función tiene la red neuronal por defecto? ¿Se activa siempre que entramos en estado α? ¿Qué factores influyen en su activación?

Pues bien. La red neurona por defecto interviene en procesos creativos. Nos ayuda a asociar elementos que aparentemente no están relacionados y a enfocar la realidad desde otro marco conceptual. Y este proceso tiene un claro sentido biológico pues, cuando la mente se relaja porque no hay peligro, puede encargarse de otros procesos que nos ayudan a vivir mejor.

Además de la creatividad, esta vocecilla que viaja a través del tiempo nos trae información de lo que nos preocupa, de cosas que tenemos por resolver. El problema no es la voz o el flujo de pensamientos sino que no realicemos una escucha profunda de los mismos y los reprimamos o silenciemos porque nos han enseñado que son una distracción a eliminar, una fluctuación del pensamiento. El problema es que, cuando la mente nos muestra una preocupación, queremos ignorarla porque lo que está bien, lo correcto, lo que debemos hacer, es sostener la atención y no distraernos. No nos escuchamos y no damos el paso de la pre-ocupación a la ocupación. Y al no ocuparnos de lo que nos preocupa, seguirán saltando las alarmas cuando la mente se relaje. Así es comprensible que se asocie con un nivel de bienestar bajo.

Además de la escucha profunda de esa vocecilla y la identificación de las necesidades que subyacen en las películas que echan en el cine interior, podemos empezar a dirigir esa película cultivando la intención de que todos los personajes que aparecen estén en paz, sus conflictos se resuelvan y sus relaciones sean más armoniosas. Esta práctica tiene una capacidad sanadora a través de lo simbólico increíble. Y nos trae también una gran paz interior al poner nuestra capacidad creativa al servicio del bien común.

Entonces, ¿cuándo es la vocecilla un problema? En los yoga sutras de Patanjali llaman vikalpa a una de las modificaciones de la mente o patrones de pensamiento que agitan nuestra mente. Vikalpa se traduce como imaginación, fantasía o ilusión y es el proceso de identificar estos pensamientos con la realidad física. Cuando esto ocurre, la película se alarga y nos atrapa, muchas escenas se repiten y no se ponen al servicio de una mayor armonía interna o externa. Y la mente se agita porque perdemos de vista la parte serena de nuestro ser que observa y nos metemos en la peli como un personaje más. Sin embargo, si somos conscientes de la realidad que impulsa esos comentarios, escenas o películas y del potencial creativo y sanador de la red neuronal por defecto, podemos relacionarnos con esa vocecilla desde nuestro centro sereno y no nos agitará la mente; al contrario, estaremos más en paz con ella y con todo el potencial que tiene.

Pero si estamos con la red neuronal por defecto activa nos va a resultar más difícil sostener la atención de manera estable. ¿No sería entonces un obstáculo a eliminar? Pues depende. No perdamos el sentido de la práctica. La meditación es una práctica espiritual, pero no la única. Todo lo que nos lleve a integrarnos ayuda. Y si nuestra mente nos comparte ciertas preocupaciones, quizás sea más interesante acoger durante unos segundos esas preocupaciones, actuar si hiciese falta y, cuando la situación se calme o captemos el mensaje, nuestra mente estará espontáneamente más tranquila y la meditación no será una lucha, sino una práctica transformadora.

Aunque la Ciencia diga que la red neuronal por defecto se activa cuando la mente alcanza el estado α, nuestra experiencia a veces la contradice. Entonces ¿a quién debemos hacer caso: a los descubrimientos científicos o a nuestra experiencia personal? Si habláramos de trucos de magia, sin duda elegiríamos la Ciencia, pues el ilusionismo es el bello arte de engañar a los sentidos. Pero si hablamos de una experiencia honesta, la respuesta es, sin duda, la experiencia. Y es que la Ciencia debe explicar los hechos, no al revés. Los hechos no se tienen que amoldar a lo que la Ciencia define como posible.

Una de las causas más frecuentes por las que la Ciencia patina, además de intereses empresariales, autores fantasma, no publicar resultados negativos y otras malas prácticas, es la ampliación indebida del universo de inferencia. ¿Y eso qué es lo que es? Muy sencillo. Hacemos un estudio sobre la atención y, para ello, utilizamos una muestra al azar. Sacamos unas conclusiones y decimos: “La mente es así”. Pocos meses después encontramos una persona que, al hacerle las mismas pruebas, nos da unos resultados totalmente fuera de rango. Si la media de tiempo que podemos mantener la atención sin distraernos son, por decir un ejemplo inventado, 23 segundos y encontramos una persona que la puede mantener más de cinco minutos podemos decir: “No. No es posible. Eso no existe”. O podemos preguntarle a esa persona cómo lo hace y aprender.

Esto pasó en la neurociencia. Se habían hecho un montón de estudios sobre memoria, estrés, atención, emociones… Y para ello se habían elegido personas al azar, la mayoría de las cuales no entrenaban su mente. Cuando la Ciencia empezó a estudiar la mente de personas con amplia experiencia en meditación, se dio cuenta de que las conclusiones previas no se podían aplicar a estas personas. Su universo de inferencia eran las personas que habían elegido para los estudios. Al extrapolar esos resultados a otras personas, puede que acierten, por ejemplo en personas que no han entrenado la mente de manera regular, o puede que no. Ampliar el universo de inferencia a personas que meditan es, a todas luces, absurdo. Por ello, empezaron a estudiar esta población meditadora, para tener un universo de inferencia más acertado.

En este caso pasa lo mismo. A mediados de los noventa, pidieron a personas que no estaban meditando que no hicieran nada y la red neuronal por defecto empezó a brillar. Quizás relajaran su mente, sin propósito alguno, y volvió a brillar. Pero, ¿qué hubiese pasado si hubiesen realizado la misma prueba con personas que entran en estado α durante la meditación? Pues que la red neuronal por defecto no hubiese brillado. De hecho, en 2007 demostraron que las personas con mucha experiencia en meditación mostraban una activación mucho menor de la red neuronal por defecto. Al final la Ciencia acaba reconociendo la experiencia. Pero, ¿por qué, cuál es la diferencia entre relajar la mente o hacerlo durante la meditación?

La diferencia, sin duda, es la atención. Una mente relajada y dispersa tendrá la red neuronal por defecto a tope. Y está genial. ¡Dispersémonos! ¡Que viva la creatividad y la lógica de paseo por el mundo mental! Eso sí: una persona con la mente relajada y atenta podrá sostener la atención de manera estable durante el tiempo necesario para iniciar la transición de una identidad más individual a una identidad más relacional, la corteza parietal se va inactivando, sus límites empiezan a desdibujarse y su experiencia de conexión se hace cada vez más intensa. Y todo ello ocurre en el silencio de la mente o, mejor dicho, en una mente cada vez más silenciosa.

Por lo tanto, no es que meditar sea dejar la mente en blanco, pero que no nos extrañe si cada vez sentimos un silencio mental más pleno y expansivo.

MEDITAR ES DEJAR PASAR

Observa tu respiración y, si un pensamiento te distrae, déjalo pasar; si una emoción te perturba, déjala pasar; si el dolor u otra sensación física reclama tu atención, déjala pasar; como quien suelta una hoja en la superficie de un río. ¿Cuántas veces habremos oído esa instrucción? Tantas que quizás hayamos asumido inconscientemente que meditar es observar la respiración y que la única forma de relacionarnos con lo que no es nuestro objeto de atención es dejar pasar.

El problema no es dejar pasar sino, por un lado, por qué tenemos que dejar pasar tanto y, por otro, por qué dejamos pasar.

Como ya hemos mencionado anteriormente, el estado mental más propicio para un proceso meditativo profundo y transformador es una mezcla de atención y relajación. Si la mente no está relajada, tendremos muchos pensamientos y emociones que dejar pasar. Y si nuestra atención no es de buena calidad, tenderá a irse a los pensamientos y emociones y tendremos que retraer la atención, devolverla a nuestro objeto o proceso de atención y soltar el momentáneo objeto de atención para dejarlo pasar. Es como si estamos hablando con una amiga en una cafetería y escuchamos nuestro nombre varias veces en distintas conversaciones de otras mesas. Lo más esperable es que dejemos de escuchar a nuestra amiga o perdamos el hilo de lo que estábamos diciendo. Sin embargo, si nos piden que contemos el número de veces que unas personas pasan una pelota y otra persona disfrazada de gorila se pasea entre medias haciendo aspavientos, lo más seguro es que ni nos demos cuenta del gorila. ¿Por qué? Porque hemos encontrado una motivación lo suficientemente fuerte como para, directamente, ignorar por completo al gorila. Y no hace falta tener una gran experiencia en meditación. Cualquiera que tenga una motivación lo suficientemente auténtica puede desarrollar una atención lo suficientemente intensa (que no tensa) como para no tener que dejar pasar ningún otro estímulo, ya que directamente son ignorados.

Por eso es tan interesante tomarse unos momentos antes de la meditación para cultivar y conectar con la motivación necesaria. A veces esta motivación puede ser más intelectual, recordando las razones por las cuales queremos zambullirnos en la meditación. Otras veces puede ser más visceral, rememorando o, mejor dicho, re-sintiendo el estado en el que entramos y predisponiendo a todo nuestro ser a ello. Aunque también puede ser más estético. Si elegimos un objeto de atención que tenga una gran armonía interna, nos parecerá un objeto muy bello y nuestra atención tenderá, de manera natural, a establecerse allí. Y, claro está, podemos combinar estas estrategias.

Además de la causa de dejar pasar, aquí viene el otro problema. A veces la vida no es fácil y nos puede resultar tentador dejar pasar pensamientos que nos recuerdan algo que queremos olvidar o emociones que no queremos sentir. Y hay varias razones para ello.

Una razón que a veces se esgrime es la ley de la atracción. Hay quienes dicen que no quieren tener cierto tipo de pensamientos y sentir ciertas emociones porque, si lo hacen, empezarán a vibrar en cierta frecuencia de tal forma que atraerán aquello con lo que resuenan, es decir, atraerán lo que vibre en la misma frecuencia. Si sienten enfado atraerán situaciones que les cabrearán aún más. Si sienten tristeza atraerán situaciones tristes. Si tienen pensamientos de peleas o enfrentamientos, tarde o temprano les llegará un conflicto enfocado de una manera desagradable. Esto es una tontería bajo cualquier perspectiva.

Bajo la perspectiva del cientificismo positivista que reza que el método científico es la única manera de conocer la realidad y que mucha gente abraza como una religión, la ley de la atracción no existe. Da igual que no hayan buscado bibliografía al respecto o que no hayan hecho experimentos para ponerlo a prueba. Usan su grandilocuencia aparentemente lógica para refutar una teoría sin usar el método científico e ignoran las múltiples vías que explican cómo nuestro estado interno influye en quienes nos rodean, en la atención que ponemos al hacer las cosas, la intención con la que hacemos lo que hacemos y, por lo tanto, en lo que nos pasa. Son cadenas de causalidad de efecto sutiles pero reales y son compatibles con la visión materialista de la realidad.

Sin embargo, quienes se atreven a experimentar con lo sutil encuentran una serie de casualidades bastante inverosímiles, por lo que poco a poco van intercambiando experiencias y sacando conclusiones sin aplicar el método científico, como se ha hecho siempre. Y, aunque no les respalde la comunidad científica internacional de manera unánime y rotunda, encuentran una herramienta para mejorar sus vidas. Después ocurren varios problemas. Por un lado, algunas personas intentan explicar su experiencia con lenguaje científico cuando no tienen formación científica y queda, cuando menos, raro. Algunas afirmaciones son bastante absurdas y no comprobadas. Eso da un aspecto de legitimidad a quienes saben poco de Ciencia y se la quita totalmente ante el resto de la sociedad.

Otro problema de la difusión de la ley de la atracción es que muchas veces no se ha llegado a esas conclusiones por experiencia personal, sino por difusión y, como el juego del teléfono escacharrado, al final se pierden matices, aparecen otros y no se contrasta con la experiencia personal, por lo que acaban divulgándose auténticos mitos convertidos en dogmas.

Según la ley de la atracción, si estamos dejando pasar ciertos pensamientos o emociones porque queremos evitarlos, todo lo que hagamos para alejarlos estará dejando en nuestro ser la impronta de lo que queremos evitar y, por lo tanto, lo estaremos atrayendo. Y, claro, cuando ocurra aquello que queremos evitar es posible que nos neguemos ciertas emociones o las dejemos sin atender por miedo a que afrontar la situación o las emociones nos traiga más de lo mismo. Y al hacerlo, seguiremos pidiéndolo a gritos. Así es la vida en lo sutil según la ley de la atracción: no entiende el no.

De todas formas, creamos o no en la ley de la atracción, dejar pasar aquello que no queremos sentir no nos hace ningún favor. Pero es que además, teniendo en cuenta cómo funciona el cuerpo, la mente y las emociones, dejar pasar algo para huir de ello tiene consecuencias devastadoras para nuestro proceso espiritual. Y precisamente esto nos lleva a nuestro siguiente mito.

MEDITAR PARA NO SENTIR: EL MITO DE LO QUE NO SOMOS

Este mito es capital. Aquí nos lo jugamos todo…

La espiritualidad ¿es unión o separación; integración o disgregación? Ésta es la pregunta más radical y esencial y su respuesta merece ser recordada en toda práctica espiritual. Aquí estamos en un punto de inflexión fundamental. De la respuesta dependerá nuestra salud y felicidad. Esta respuesta dará un sentido a nuestra práctica y determinará si optamos por la espiritualidad o intentamos tomar un falso atajo hacia el otro lado llamado baipás espiritual.

¿Y qué es eso del baipás espiritual? Pues es un proceso de desconexión que pretende llevarnos a un proceso de conexión. Dicho así suena un poco absurdo, pero tiene incluso una filosofía propia, la filosofía de la no-dualidad o neo-advaita, y está muy extendida. En estos tres párrafos le daremos forma:

La conciencia individual es ilusoria, es el ego y hay que eliminarlo. Como la separación es ilusoria, lo individual también. Y como somos solamente pura consciencia cósmica, no somos materia. Por lo tanto, no somos nuestro cuerpo físico ni sus manifestaciones, como lo son los pensamientos, las emociones o las sensaciones físicas. Si no somos nuestros pensamientos, hemos de ignorarlos. Son estorbos, obstáculos para la comprensión perfecta. Por lo tanto, lo que somos no puede ser pensado, pero tampoco sirve la construcción mental de algo que no puede ser pensado ni pensar que la construcción mental de algo que no puede ser pensado tampoco sirve no es suficiente porque también es una construcción mental. Y así podríamos seguir como una matrioska infinita, lo cual es un ejercicio intelectual muy intenso.

Las emociones también son una ilusión. Por eso hemos de llegar a un estado perfecto donde no sintamos ninguna emoción, una perfecta ecuanimidad neutral (la ecuanimidad no es esto), un desapego absoluto. Incluso el amor, la más noble de todas las emociones, es una ilusión a la cual debemos renunciar para alcanzar la iluminación o fusión con la conciencia cósmica.

Y si nuestras emociones son una ilusión, las de otras personas también. Por ello no debemos turbarnos por el sufrimiento ajeno o propio, ya que toda la realidad es una ilusión.

Estos tres últimos párrafos nos conducen a no sentir por desconexión, a separarnos, a querer escapar de este mundo físico y todo el dolor que conlleva para dar el salto al Universo… Bueno, al Universo entero menos nuestro cuerpo, nuestras emociones o pensamientos. Tampoco otros cuerpos, ni sus emociones ni sus pensamientos, ni el resto de la realidad material… Es decir, nos uniremos a un Universo sin Universo, sólo la conciencia cósmica, que sólo es consciente de sí misma porque no hay nada más… Un todo totalmente vacío porque todo es una ilusión.

El baipás espiritual nos calma el dolor porque nos desconecta de él, pero no lo sana. Esta práctica es analgésica, narcótica, embotadora y, aunque se disfrace de espiritualidad, nos impulsa en la dirección opuesta.

Pero entonces, ¿por qué está tan extendida la filosofía y la práctica que nos conduce al baipás espiritual? Pues bien, hay varias razones, sencillas y comprensibles.

Una es porque en general no tenemos muy claro qué es la espiritualidad. Muchas veces se mezcla con la religión, con rituales pseudomágicos que prometen la abundancia financiera o con prácticas concretas. Pero no hay ningún libro mágico que contenga la verdad absoluta ni una definición universal de lo que es la espiritualidad. Tampoco quizás nos hayamos propuesto indagar en la esencia o el propósito de nuestras prácticas o nos hayamos conformado con la típica frase de: Nadie puede decirte lo que es la espiritualidad, sólo tu práctica te lo puede enseñar. Y vale que la práctica es indispensable, pero eso no significa que no podamos tener alguna cosilla medianamente clara para entender al menos qué estamos haciendo y para qué.

Pero, aunque creamos que la filosofía es opuesta a la espiritualidad, si no aprendemos una filosofía junto a nuestra práctica, acabaremos poniéndole la que hemos aprendido en nuestra sociedad. Y eso de no ser el cuerpo nos encaja muy bien con la separación entre el cuerpo y la mente, base para la supremacía de la mente sobre el cuerpo, la teoría sobre la práctica, lo general sobre lo concreto. En este caso sería la supremacía del Ser supremo o Ser superior, la manifestación de la conciencia universal, sobre todo lo concreto: el cuerpo y la mente. También encaja muy bien la idea de la renuncia y el abnegado sacrificio, que renuncia también a todo lo placentero, incluso al amor. Esa heroicidad estoica crea muchos gurús, esas personas que han saboreado esa conciencia universal a base de desapegarse o liberarse de su cuerpo para trascender la individualidad (a base de negarla) y han estado ahí, en el paraíso. Sí, todo eso casa muy bien con el esfuerzo y la meritocracia, con la autoridad que está en posesión de la verdad (como la tenían quienes nos han educado en la infancia y luego a través de la tele u otras fuentes de autoridad) y con la visión moralista del bien y del mal, dos polos opuestos e independientes donde elegimos uno de ellos y nos enfrascamos en una lucha interior atroz contra el mal, las tentaciones o el ego, la mente, nuestras emociones… Eso sí, a pesar de encajar muy bien con la filosofía con la que hemos crecido, como filosofía que nos ayude a integrar y conectar no es muy útil.

Otra razón para la gran difusión del baipás espiritual es que nos anestesia, nos desconecta de nuestro dolor, nos da un respiro, un chute de embotamiento que llaman paz interior. Hemos nacido en una sociedad que está montada de tal manera que genera mucha división, mucho enfrentamiento y mucho sufrimiento. Nuestras vidas también manifiestan toda esa violencia estructural. Y a esa violencia se le suma la de personas particulares. Estas violencias son muy interdependientes, se realimentan, y si no sabemos sanar el impacto que generan, la única alternativa pasa por evadirnos, escapar, huir, desconectarnos… Hay quienes se refugian en el trabajo para no afrontar su dolor vital. Como en su vida hay tanto sufrimiento se refugian en algo que está fuera de sus vidas. Hay quienes, en vez del trabajo, encuentran refugio en la vida virtual, en el porno, en la comida, en las drogas legales o ilegales o en una pseudoespiritualidad analgésica. El baipás espiritual es una salida fácil y socialmente muy bien vista, pero sigue siendo un parche, una pseudosolución temporal y superficial.

Otra razón que hace difícil darnos cuenta de la trampa que supone el baipás espiritual es que se parece mucho a la espiritualidad en varios aspectos:

  • quienes lo imparten lo suelen hacer de todo corazón y con una intención honesta de que la gente se sienta mejor.
  • se invita a tener un estilo de vida armonioso y honesto para calmar la mente y conectar con la esencia. ¡Normal que esté tan bien visto! Incluso las comunidades en torno a algún pseudogurú son muy amorosas.
  • se nos invita a la quietud y la introspección para profundizar en el autoconocimiento y en la paz interior; sin embargo, una vez somos conscientes de nuestros elementos (emociones, pensamientos…), se nos invita a separarnos de ellos.
  • durante la meditación se nos invita a dejar pasar aquello que no es el objeto de nuestra atención, pero al final, en vez de centrarnos en el objeto en sí, se hace más hincapié en la parte de dejar pasar el resto, como si la meditación consistiera en separarnos de lo que dejamos pasar.
  • cuando conectamos con la conciencia observadora sentimos mucha paz, pero en vez de utilizar ese pesacio de serenidad para sentir con más claridad el resto de los elementos (emociones, pensamientos, la auto-imagen…) se nos invita a abrazar ese lugar de serenidad como nuestra esencia verdadera y separarnos del resto. Algunas escuelas insisten en que identificarnos con nuestros pensamientos, nuestras emociones o nuestro cuerpo es un error. Esto lo hacen porque al identificarnos sólo con una emoción o un pensamiento la mente se agita. Y empieza un proceso de introspección para encontrar aquello interno que no cambia. El problema es que, una vez encontrada la conciencia testigo, no la integran. Es tan fácil como cambiar la frase: No somos sólo nuestro cuerpo físico, sino que también somos una conciencia observadora, por esta otra: No somos nuestro cuerpo físico, sino que sólo somos una conciencia observadora.
  • hay un proceso de conexión con la totalidad, como una supuesta experiencia mística, pero en vez de producirse a través de la conexión, se hace a través de la separación. Es como tratar de sentir una identidad universal (100% relacional) a base de negar la identidad individual, que llaman ego.

A pesar de las similitudes con la espiritualidad, el baipás espiritual es radicalmente distinto y conlleva varios peligros que no podemos dejar pasar. Es muy importante hacer visible esta pseudoespiritualidad para que cada vez más personas sean conscientes de su existencia y de sus efectos y puedan así seguir integrándose, aceptándose y alcanzando una mayor armonía interna y externa.

Uno de los peligros del baipás espiritual es la castración emocional a gran escala que promueve. Puesto que las emociones “negativas” son cosa del ego, hay que eliminarlas, junto con el ego. Como nos van a seguir ocurriendo circunstancias donde necesitemos la tristeza, el enfado, la rabia o la indignación para ser conscientes de que nuestras necesidades, o las necesidades de los seres con las que tenemos un vínculo, se han puesto en peligro y ahora están peor satisfechas, estas emociones van a seguir apareciendo. Cada vez que aparezcan quizás nos sintamos culpables o espiritualmente menos elevadas por sentir “todavía” estas emociones. Y lo peor de todo es que no sabremos cómo satisfacer nuestras necesidades y tendremos más razones para escapar.

Otro de los peligros es la división entre quienes han despertado y quienes no. En el baipás espiritual hay niveles. Están quienes desde su supuesta maestría espiritual gozan de un permanente estado de alegría, paz y felicidad y luego estamos el resto de los mortales, que seguimos experimentando emociones sucias e inferiores. Esta división por niveles perjudica a ambas partes. A quienes están por encima les machaca enormemente: cualquier muestra de enfado o tristeza y todo su imperio se va a la mierda. Ya no pueden dar marcha atrás ni dudar sobre lo que enseñan. Si hay una persona en todo el ashram que recibe más presión para desconectarse de algunas emociones es, sin duda, la persona más venerada, la más “despierta”, la que está en otro nivel de conciencia. Sin embargo, quienes se consideran que están a un nivel inferior tampoco están en una situación muy halagüeña. Subir a un pedestal a alguien nos coloca en una trampa terrible. Por un lado, como esa persona es cualitativamente distinta, nunca podremos ser como ella. Pero, como queremos ser como esa persona, siempre nos vamos a quedar en el proceso de querer y no poder por autosabotaje inconsciente. Además, al escuchar tanto la voz de su altísima eminencia, dejamos de confiar totalmente en nuestra voz interior, nuestra intuición y la sabiduría del cuerpo. Y podemos desarrollar una relación de dependencia tremendamente perjudicial. Nuestra presencia, además, va a mantener a la persona que veneramos bajo ese pesado yugo. Sin embargo, ¿qué sentido tiene venerar a otra persona cuando todas tenemos la misma capacidad de transitar por todos los estados, del 0% de unidad al 100%? Quizás haya personas más integradas que otras, pero jamás estarán cualitativamente más integradas sino cuantitativa y circunstancialmente más integradas.

Otro de los peligros es la separación de las otras personas. Como según el baipás espiritual la realidad en sí es una ilusión y nuestras emociones también, las emociones de otras personas nos la tienen que traer al pairo. Así, si hay una persona que está enfadada es su ego el que está enfadado. Por lo tanto, ¿para qué prestarle atención y escucha? Total, si sufre es fruto de su identificación con su ego y es la única responsable de su sufrimiento… Con pensamientos como estos, lo normal es que jamás nos pongamos al servicio de nadie y sólo miremos a nuestro ombligo existencial. ¡Y eso que queríamos separarnos de él, trascenderlo! Un ejemplo: se está produciendo una situación que consideramos injusta porque mucha gente va a sufrir. Así que nos ponemos en marcha, pero antes consultamos a nuestro pseudogurú favorito:

 – Guruji, hay una situación injusta y muchas hermanas y hermanos van a sufrir enormemente. Voy a ir a ayudar.

– Oh, mi leal practicante, la situación no es injusta, sino que tu ego la juzga como injusta.

– Pero Guruji, quiero ayudar a los seres que sufren.

– Pregúntate primero quién quiere ayudar, qué parte de ti exactamente es la que quiere algo. ¿Lo tienes?

– A ver… Sí, lo tengo.

– Bien, pues eso es tu ego. Es una ilusión que agita tu mente. Ahora libérate de esa parte. ¿Cómo te sientes?

– Ahora en paz…

– Bien. Eso es tu Ser supremo. Sigue meditando, sigue meditando…

¿Qué ha pasado? Que al principio sentíamos el sufrimiento de los seres hermanos con los que tenemos un vínculo muy profundo y, fruto de eso, emergió la compasión, esa intención natural y sencilla de que los seres que queremos dejen de sufrir. En todo ese proceso el corazón y la cabeza dialogaron en armonía. La cabeza le dijo al corazón que esos seres iban a sufrir y el corazón le dijo a la cabeza que ama a esos seres y que no quiere que sufran. Fruto de esa conversación llegaron a la conclusión de que necesitaban las manos: ¡Hagamos algo! Pero antes de que las manos se alinearan con la cabeza y el corazón para actuar como un ser compasivo e integrado, el gurú fomentó la desconexión de la cabeza y luego la desconexión del corazón. Como resultado de ello tenemos a un zombi sin cabeza ni corazón cuyas manos no actúan. La droga ha sido efectiva. El paciente no muestra signos vitales. La desconexión está ahora en su máximo nivel. Buen trabajo…

Para no acabar este apartado con este sabor de boca, digamos que la atención sostenida nos permite conectar y unirnos. Somos ese espacio interior de pura luz y serenidad llamado conciencia testigo o Ser supremo. Y también somos nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestra respiración, el cuerpo físico… Y somos el espacio que nos rodea, el aire que respiramos, los seres con los que nos relacionamos directa e indirectamente, pertenecemos a toda la red de la Vida, a este superorganismo planetario llamado Gaia y la historia de nuestra casa está escrita en las rocas y el sol que nos ilumina y la luna que nos atrae e ilumina y los ciclos que marcan y el tiempo que habitamos y las estrellas del cosmos y todo lo que hay entre ellas…

Si aún nos queda alguna duda del camino, practiquemos el baipás espiritual, veamos cómo nos sentimos y si nuestras relaciones mejoran, si somos capaces de acompañar y sostener la tristeza de otras personas… Y luego practiquemos la espiritualidad que nos integra, cultivemos la compasión y la autocompasión, vayamos a un bosque y practiquemos la apertura de corazón y la escucha profunda… Dejemos que la sabiduría de los árboles y el amor de toda la red de la Vida nos dé la bienvenida, inunde nuestro corazón y sentiremos que hemos vuelto a casa.

¿Embotamiento o plenitud? Nos toca elegir.

MEDITAR PARA REDUCIR EL ESTRÉS

Si nos dicen “meditación” y “estrés”, lo primero que quizás se nos venga a la cabeza sea “mindfulness“. Esta palabra ha adquirido una gran fama en muchos sectores de la sociedad y muchos de los mitos relativos a la meditación tienen su origen en la enorme difusión que ha tenido la técnica en comparación a la modesta pedagogía que se ha realizado de la filosofía que subyace.

Jon Kabat Zinn dice que lo ha separado del budismo para hacerlo más accesible a la población occidental. Y los resultados son asombrosos. Tras el declive de la autoridad moral de ciertas instituciones religiosas, nuestra sociedad había renunciado también a la interioridad, el autoconocimiento y la autoobservación. Ante este hambre de consciencia hubo oleadas de disciplinas orientales: la meditación trascendental popularizada por los Beatles, el karate y el kung-fu por Bruce Lee y el género cinematográfico de las artes marciales, el yoga, el tai-chi… A pesar de que estas prácticas se han normalizado en nuestra sociedad, ninguna ha llegado a tanta gente como el mindfulness. Bueno, quizás el yoga sí.

Y uno de los aciertos del mindfulness ha sido su alianza con la Ciencia. La cantidad de estudios científicos se ha disparado en pocos años y le ha dado una legitimidad social que el kung-fu no tiene. Esta legitimidad social le ha abierto las puertas a mundos que tradicionalmente se habían mantenido al margen de estas modas de Oriente. Uno de ellos es el mundo de las grandes empresas y otro el de la educación formal en las aulas de los colegios. Ambos mundos tienen un gran potencial para hacer de este mundo un hogar mejor para sus co-habitantes: uno de ellos por el gran impacto económico, social y ambiental que tiene y otro porque está formando la mentalidad de las futuras generaciones. Hay otra cosa que tienen en común: ambos tipos de instituciones recluyen a personas unas cuántas horas al día y las obligan a hacer cierto tipo de tareas a la vez que establecen relaciones de competencia entre ellas. Aunque esto está cambiando, lo hace en una proporción irrisoria, por lo que estas instituciones están formando el futuro y el presente de nuestro planeta a base de someter a las personas que están en ellas a elevados niveles de estrés.

Y no es casualidad que la cualidad más resaltada del mindfulness y el aspecto en el que se centraron los primeros estudios sea precisamente la de rebajar los niveles de estrés. Tampoco es casualidad que sea el mindfulness y no otra técnica de meditación la que se haya popularizado, al igual que tampoco es casualidad que se haya introducido en las grandes empresas y en las escuelas.

Por un lado, la práctica del mindfulness, en origen, es la preparación para la práctica de los cuatro inconmensurables o brahma viharas. Estos son el amor incondicional, la compasión, la dicha altruista y la ecuanimidad. Y es precisamente una práctica profundamente transformadora e incompatible con el baipás espiritual. Sin embargo, apenas ha tenido tanta difusión como el mindfulness. Además del mindfulness, hay otra técnica de meditación que se ha popularizado bastante. Es la meditación vipassana, que consiste en la observación más neutra posible de las sensaciones físicas en la piel para practicar la ecuanimidad. En los retiros de vipassana se suele empezar con unos días de samatha, que es una práctica de atención sobre la respiración. Luego se centran en la práctica del vipassana y dejan unos minutos al final para practicar el amor incondicional. Dan muy poco espacio al amor incondicional, la compasión y la dicha altruista, tres respuestas emocionales que nos conectan con otros seres, humanos y no humanos. La ecuanimidad, sin embargo, también puede confundirse con la indiferencia si no lo tenemos muy claro y/o si hemos optado por el baipás espiritual. En resumen, las prácticas meditativas que más se han popularizaado en Occidente son las más compatibles con el baipás espiritual.

Por otro lado, la sociedad va evolucionando y lo que antes era soportable, ahora lo es menos. En el ámbito empresarial, la competencia se hace cada vez más atroz, las grandes compañías ganan cada vez más terreno a las más pequeñitas y familiares y la precarización laboral es fruto de esta deriva neoliberal de la economía global. En el ámbito de la educación universal, aunque la escuela siempre ha sido prácticamente igual de alienante y creaticida, de hecho tampoco es que haya cambiado mucho desde que se creó, sí que es cierto que las nuevas tecnologías han acelerado sustancialmente el ritmo de vida y eso está provocando una hiperestimulación del sistema nervioso en desarrollo durante nuestra más tierna infancia. Sin ratitos de aburrimiento que fomenten la creatividad ni silencio que ayude a regular el sistema nervioso, el drama está servido: la quietud prolongada impuesta en las aulas choca brutalmente y más que nunca con esas mentes que no tienen la costumbre de parar y descansar. En ambos casos, el estrés es la manifestación de los gritos de auxilio de nuestros cuerpos sabios que piden e implorar por unos espacios más amables de convivencia y aprendizaje.

Sin embargo, como decía Frederick Jameson: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Así, no es de extrañar que el mindfulness se conciba como un medicamento anti-estrés gratuito. Incluso aunque se realice en plena jornada laboral, son veinte minutos que van a aumentar la productividad y reducir las pérdidas económicas derivadas de las bajas por estrés laboral. No se concibe como una toma de conciencia y una escucha profunda para acabar alineando nuestro sustento con nuestro propósito vital aún por revelar. En lugar de eso, se fomenta una versión de estar presente sin emociones: Cuando friegues los platos, sólo existen los platos. Cuando respires, sólo existe la respiración. Hasta las instrucciones durante la meditación suelen fomentar la desconexión con las emociones y los pensamientos. Lo hemos logrado. Tenemos al esclavo perfecto: más productivo, más resiliente, menos crítico y creyendo que es feliz porque tiene menos estrés. Y encima el entrenamiento corre de su parte. Aún así, hay quienes llegan a sentir tanta paz que se replantean su vida, dejan su trabajo y acaban alineando su sustento con su propósito vital. A veces la conexión ocurre…

En la escuela sucede algo parecido. La práctica del mindfulness no está concebida para que puedan tener una mente más clara y lúcida y así puedan elegir lo que quieran aprender, identificar y expresar sus emociones y sus necesidades, resolver conflictos, cooperar… Todas estas cosas pueden sonar muy utópicas a una persona adulta que no las ha aprendido en la escuela y todavía hoy sigue siendo una asignatura pendiente, pero cualquier persona puede aprender todo esto si se le deja el espacio, el tiempo y la guía suficiente y eso transforma a estas personas y con quienes se relacionan. Sin embargo, el mindfulness se utiliza para bajar los niveles de estrés y permitir que puedan estudiar mejor pero a la antigua usanza.

En general no hay voluntad para transformar la empresa, la escuela ni los valores en los que se asientan. Simplemente es una pastilla anti-estrés, una nueva droga al servicio de una forma de hacer y estar en el mundo que se basa principalmente en la separación: individualidad, propiedad privada, competición, explotación de otros seres, humanos y no humanos, y destrucción de los equilibrios de la Naturaleza.

La meditación, por tanto, no puede quedar relegada a una pastilla anti-estrés, al igual que tampoco es un analgésico sin más. La meditación nos transforma. Nos lleva de la individualidad a la relación, del aislamiento a la pertenencia a algo mayor, de la dominación al beneficio mutuo.

Una vez hemos llegado a este punto nos podemos plantear una pregunta interesante: ¿Puede ser perjudicial que la meditación rebaje nuestros niveles de estrés? Pues depende.

El estrés psicológico hace referencia a una activación del S.N. simpático algo mayor que un estado de vigilia. Si esta activación se realiza de manera puntual para que podamos responder a una situación concreta se denomina estrés adaptativo y, si ocurre de vez en cuando, es algo muy beneficioso. Por ejemplo, si vamos a perder el autobús y corremos para llegar a tiempo, es algo muy sano si lo hacemos con la mente despejada. Sin embargo, si el estrés no nos ayuda a solucionar la situación es como si en un edificio estuvieran presionando la alarma anti-incendios constantemente. Quienes habiten ese edificio van a tener problemas de salud sí o sí. Por ejemplo, si tenemos un empleo en el que tenemos que darlo todo y aún así no es suficiente y seguramente nos lloverán las críticas, da igual cuánta energía dediquemos: no vamos a evitar las críticas. En este caso, el estrés no nos sirve para adaptarnos a la situación y se denomina estrés no adaptativo. Como tiende a alargarse en el tiempo también se le denomina estrés crónico.

Por lo tanto, hay dos tipos de estrés dependiendo de si es funcional o no, es decir, de si sirve para algo o no. Y afectan al cuerpo de manera distinta. Cuando hay un incremento de la actividad, el corazón empieza a latir más rápido y a consumir más energía. Si el estrés es funcional y, sobre todo, sirve para el bienestar general, el corazón late con fuerza y expando las arterias. Como las arterias se expanden, la presión interna no aumenta. Como ceden, evitan el peligro. Sin embargo, cuando el estrés es crónico y, sobre todo, no ponemos esa energía al servicio del común sino que es algo mucho más auto-referencial, vienen los problemas. Las paredes musculares de las arterias se contraen, la presión interna aumenta y el desgaste es mucho mayor. Es como si la presión que sufrimos en la escuela o en la empresa fuese interiorizada por el cuerpo y almacenada en la sangre.

Pensar que el estrés crónico nos mata es culpar al mensajero de las noticias que trae. El estrés crónico no es el problema, sino la respuesta a una situación problemática. Cuando nos tomamos la pastilla anti-estrés Mindfulness®, estamos acallando la respuesta del cuerpo. Es como si hubiese un incendio en un edificio y alguien apagara la alarma: Problema solucionado. Pero el fuego no entiende de alarmas, si está, consumirá todo el edificio hasta los cimientos.

Entonces, ¿acaso debería evitarse el mindfulness en las grandes empresas y escuelas? No. El problema surge cuando utilizamos la meditación para huir del problema. Si en una situación de estrés no adaptativo practicamos cualquier tipo de meditación para obtener una mayor claridad mental que nos ayude a solucionar el problema, nos estaremos integrando. Nuestro cuerpo nos da una señal de alarma: Hay un problema. Una vez integrada esa información vamos con todo: imaginación, lógica, recuerdos, proyecciones a futuro, escucha de emociones y necesidades, creatividad… Y para ello, una mente tranquila y despierta es lo mejor para que todas nuestras capacidades se pongan a cooperar para encontrar una solución. Y lo bonito no es encontrar la solución, que lo es, sino sentir que todo en nuestro interior funciona de manera fluida, armónica, equilibrada, eficiente, vibrando en la misma frecuencia… Dígase como se diga, si pasamos de ignorar el dolor a escucharlo, habremos pasado del baipás espiritual a la espiritualidad, de la separación a la unión… Y la práctica del mindfulness, en este caso, habrá sido la herramienta que hemos elegido para realizar esta transición.

MEDITAR ES RELAJAR LA MENTE

Ya sabemos que el propósito de la meditación no es reducir el estrés, sino que la reducción del estrés es un efecto secundario muy interesante si nos ayuda a acabar con la causa del estrés de manera consciente; por ejemplo, si estar en un mundo hipercompetitivo o en una situación de explotación laboral nos causa estrés, podemos cambiar la situación, sin embargo, si el sonido de un reloj antiguo nos estresa, podemos cambiar la forma en la que reaccionamos ante el estímulo. Pero si la reducción del estrés no es consciente y no nos ayuda a cambiar su causa, entonces es una trampa.

Lo mismo ocurre con la agitación mental. Lo importante no es calmar la mente sin más, sino ser conscientes de lo que nos la agita y actuar en consecuencia para vivir mejor y para que quienes nos rodean también vivan mejor.

Además de este matiz importante, la relajación de la mente y la meditación tienen una relación bidireccional y asimétrica. Por un lado, relajar la mente beneficia muchísimo el proceso meditativo. Sin embargo, dependiendo de nuestra actitud, meditar con la mente agitada puede convertirse en un auténtico infierno o bien puede ser una herramienta interesante para relajar la mente.

A pesar de esta relación bidireccional, no son lo mismo. De hecho, la meditación influye en nuestra identidad o sensación de separación/unión y la relajación no. Si bien ambas son altamente beneficiosas y restauradoras, la meditación va más allá. Pero, ¿cuál es la diferencia? La atención. La relajación es simplemente relajación y la meditación es atención y relajación. La atención, por lo tanto, juega un papel fundamental en la espiritualidad y la transformación interior.

Esta afirmación es demasiado importante como para aceptarla así sin más. Es necesario demostrarla científicamente. Pero, ¿cómo podemos hacer de la nada un experimento que demuestre la importancia de la atención en la meditación? Necesitaríamos una aproximación científica y herramientas muy sofisticadas… Bueno, realmente tenemos todo lo necesario. Simplemente hay que saber dónde buscar. Empecemos.

En genética molecular hay una estrategia muy conocida para indagar sobre la función de un gen y consiste en estudiar individuos que tengan una mutación que inactive el gen en cuestión. Se llaman individuos knock-out y comparando el comportamiento de los individuos knock-out con aquellos individuos que no tienen esa mutación y, por lo tanto, presentan al menos una copia plenamente funcional de ese gen, podemos inferir la función del mismo. Pero, ¿tenemos acaso una meditación knock-out a la que le falte el gen de la atención? ¡Efectivamente! Y tenemos pruebas neurológicas y testimonios de personas que así lo corroboran. Además, tiene un nombre muy molón y con mucho gancho y su estudio nos va a revelar grandes secretos de la meditación y el papel transformador de la misma. Esta meditación knock-out es, para más INRI, practicada por un número ingente de personas y hay muchos estudios sobre ella. No es otra que la famosísima y aclamada… (redoble de tambores) ¡Meditación trascendental! ¡Un gran aplauso! Bieeeeen… Y gracias por prestarte voluntaria para este estudio…

Pónganle el casco de sensores y veamos qué ocurre en su interior. Pero antes, hagámosle la ficha… ¿Cómo se llama? Meditación trascendental. ¿De dónde viene? Me trajo un señor de la India llamado Maharishi Mahesh Yogi a finales de los 50. ¿Y te practican mucho? Bueno está mal que lo yo diga, pero soy una de las meditaciones más populares en Occidente, más de cinco millones de personas, y cuento entre mis filas con personas tan famosas como Los Beatles, los Rolling Stones, el cineasta David Lynchi, la actriz Mia Farrow o el médico y escritor Deepak Chopra. ¿Y en qué consistes? Simplemente tienes que repetir un mantra en silencio, como si lo dijeras con la mente y, poco a poco, como si lo escucharas en la mente. Bien, no hay más preguntas. Voy a encender el aparato…

Conforme transcurrió el experimento empezamos a obtener unos datos inesperados, pero tuvimos que creerlos, pues eran los mismos datos que ya habían sido descritos en estudios anteriores. En concreto, pudimos confirmar que la mente pasa al estado α y existe una activación de la red neuronal por defecto, la misma red que se activa cuando se le pide a alguien que no haga nada, la misma red que forma la base neuronal de esa vocecilla que nos lleva del pasado al futuro y de vuelta al pasado, la que nos aporta creatividad, la misma que se inactiva cuando llevamos la atención a algo sin distraernos y la misma que se activa cuando nos distraemos. Vamos, que la meditación trascendental parece un poco… distraída.

Perdone. Los resultados indican que usted se ha distraído todo el rato. ¿Ha olvidado el mantra? No, no lo he olvidado. Si bien es cierto que a veces he tenido pensamientos del pasado o proyecciones de futuro, gran parte de la práctica la he pasado recitando el mantra. Qué raro… Pero si el área del lenguaje apenas se ha activado… Eso es porque el mantra no tienen ningún significado. ¿Y cómo se explica que haya tenido la red neuronal por defecto activa todo el rato; estará estropeado el casco? No, está bien. Siempre me pasa lo mismo: como produzco una respuesta de relajación mayor que otras meditaciones, la red neuronal por defecto se activa más, y así incremento el sentido del yo. Ahá… Entiendo… Una pregunta más, ¿sabe cuál es el propósito de toda meditación? Claro. El propósito es ir más allá del pensamiento, ir al origen del pensamiento para trascenderlo y acceder a un estado de unión con el campo unificado de la conciencia universal, la mente cósmica, un estado de consciencia sin pensamientos y… Vale, vale. Muchas gracias por su colaboración.

Lo que realmente ocurre durante la práctica de la meditación trascendental es que la recitación mental del mantra sin significado coopta la función de la red neuronal por defecto. Es decir, secuestramos a esa vocecilla para ponerla a escribir en la pizarra 500 veces algo que no tiene sentido. La vocecilla se aburre tanto de escribir que la mente se embota, se atonta y es incapaz de producir pensamientos. Sí que hay una respuesta de relajación, pero los efectos de la meditación son indetectables en esta práctica. En conclusión, la meditación trascendental es un sujeto perfecto para estudiar el papel de la atención, pues carece de ella, es un knock-out de la atención. Así que, realmente, ni es meditación ni es trascendental, ¡pero el marketing es impecable!

Ya hemos comprobado que la atención es fundamental para generar un verdadero silencio interior desde el cual poder establecer un vínculo íntimo con el objeto o proceso al cual dirigimos la atención y disminuir nuestra sensación de separación. Es como si fuésemos aquello de lo que somos plenamente conscientes. Las personas ciegas llevan tanto la atención a las vibraciones que transmite su bastón que sienten que es parte de su cuerpo. Quienes hacen tatuajes llevan tanto la atención a cómo responde la aguja ante distintos tipos de tejido que sienten que es parte de su cuerpo. Quienes conducen una bici, un coche o una moto durante cierto tiempo la sienten como una extensión de su cuerpo. Cuando un bebé agarra un objeto, lleva una atención plena al mismo y siente que es parte de su cuerpo; por eso es mejor ofrecerle otro objeto y quitarle el primero cuando lo haya soltado. Es decir, la atención define nuestra identidad. Es más, la atención es la capacidad de ampliar nuestra identidad y, cuanto más estable sea, más intensa será la sensación de ser aquello que contemplamos. La relajación ayuda a estabilizar la atención y la atención es la herramienta espiritual de la meditación. Por eso, la rama del yoga llamada raja-yoga, que fue ampliada por Patanjali al ashtanga-yoga o yoga de los ocho pasos, podría nombrarse como el yoga de la atención.

La transformación de nuestra identidad a través de la atención tiene efectos muy profundos en nuestra vida y se expresa en cada uno de los actos que realizamos. Y para demostrarlo, volvamos a nuestra querida meditación knock-out, la “meditación” libre de atención, y veamos cómo se imparte.

La meditación trascendental gira en torno a su fundador, el gurú Maharishi Mahesh Yogi y es exclusivamente impartida por la fundación Maharishi y el movimiento por la meditación trascendental, que tienen unos 3.500 millones de dólares. Sin embargo, como cualquier persona tiene atención, la meditación es universal y, por ello, descentralizada.

La meditación trascendental se basa en un mantra personalizado que sólo alguien con acreditación nos puede proporcionar y que, para que funcione, hemos de mantener un secreto. Por supuesto, para todo ello hemos de pagar una cantidad no desdeñable. Sin embargo, la meditación no es un negocio y cualquier herramienta de marketing que sea contraria al propósito de la espiritualidad está fuera de lugar.

En la meditación trascendental no podemos empezar a meditar si no nos han dado nuestro mantra secreto. Sin embargo, en la meditación sólo necesitamos la atención, que es algo que cualquier persona tiene y, por lo tanto, las relaciones de dependencia son absurdas y contrarias a la espiritualidad.

En el movimiento por la meditación trascendental hay una jerarquía en la cual se asciende pagando cantidades crecientes de dinero, desde 1.000$ a 1.000.000$ (las tasas varían según países). Sin embargo, cualquier práctica espiritual nos ayuda a acercarnos a una identidad más relacional y no nos eleva por encima de nadie.

La meditación trascendental afirma que es la mejor meditación y para ello utiliza estudios científicos de dudosa veracidad. También anima a practicar solamente esta meditación de por vida. Sin embargo, la Ciencia ha demostrado que las meditaciones de verdad funcionan y que no hay una intrínsecamente mejor que las demás.

La Fundación Majarishi vende las increíbles capacidades que se despiertan con la meditación, los siddhis, y por 1.500$ cualquiera puede aprender a hacer el vuelo yóguico, traspasar paredes o volverse invencible. Sin embargo, los siddhis, presentes en el yoga y en el budismo, se presentan como un resultado secundario de la práctica y se advierte de su potencial como obstáculos si nos obsesionamos con ellos.

Parece que toda esta serie de contradicciones y despropósitos sólo es posible cuando nos distraemos de nuestra identidad relacional por falta de atención. Y es que al final… “Por sus frutos los reconoceréis”…

P.D.: Los Beatles, los Rolling Stones y la actriz Mia Farrow se pasaron al yoga poco después. 😉

UNA TÉCNICA DE POR VIDA

Algunas escuelas, y el movimiento por la meditación trascendental no es la única, afirman que la técnica de meditación que enseñan es la mejor: la más auténtica o la más efectiva para alcanzar la iluminación. Al menos todas menos una se equivocan. Otras escuelas son más humildes y dicen que hay muchas técnicas de meditación muy buenas, pero que, una vez escogemos una, y si estamos en su escuela es que hemos elegido la suya, hemos de continuar toda la vida con la misma técnica si queremos obtener resultados. ¿Tienen razón?

Vamos a profundizar más en sus argumentos, a ver si podemos rescatar algo. Porque lo fácil es decir que defienden el uso de una técnica de por vida para fidelizar clientela. Y puede que en algunos casos sea así, pero puede ser que lo hayan aprendido así y hayan visto que les funciona y por eso lo recomienden. Funcionar funciona. Dedicar miles de horas a una técnica concreta da sus frutos. Está claro. Pero eso no implica que dedicar cientos o miles de horas a varias técnicas distintas no dé resultados o dé menos resultados. Veamos qué hay de beneficioso en cada estrategia y así no tendremos que asumir otro dogma más que nos vuelva la cabeza más rígida. Y es que siendo conscientes podemos elegir.

Empecemos por el argumento excavadora. Una de las razones que esgrimen para practicar una técnica de por vida es la de que, si queremos profundizar más en la meditación o en el conocimiento del Ser, empezamos a usar una técnica y es como si empezáramos a cavar. Poco a poco vamos profundizando pero, si cambiamos de técnica, es como si empezáramos a cavar un nuevo hoyo. La figura es superclara y, a primera vista, muy convincente. Ahora bien. ¿Es cierto que si llevamos veinte años practicando una técnica y nos enseñan una nueva vamos a tener las mismas dificultades que una persona que jamás se ha parado a observar nada? La duda es más que razonable.

Y es que no nos podemos dejar impresionar por las figuras y las comparaciones. Sin ir más lejos, podríamos afirmar lo contrario e ilustrarlo con metáforas: La meditación es el alimento del espíritu. Es mejor tener una dieta variada. Y sería bien cierta, pues no todas las técnicas de meditación nos aportan lo mismo. Podríamos explorar otras metáforas: La meditación es como una buena amiga. Para sentir mayor conexión es mejor tener más de una. O bien: Si queremos tener un cuerpo equilibrado no usamos solamente un lado, sino que buscamos la simetría. Si queremos tener una mente equilibrada no usamos solamente una técnica de meditación, sino que buscamos desarrollar los múltiples lados de la mente. Al fin y al cabo, esto de buscar comparaciones es tan fácil como saber qué postura queremos defender, buscar un sistema donde los elementos se relacionen como queremos y la mejor solución sea lo que queremos defender: una técnica de por vida o variedad. Si ya usamos alguna palabra que se use en la espiritualidad, lo petamos, por ejemplo: profundizar, alimento para el espíritu, relación íntima y conexión, equilibrio…

Venga, por compensar un poco, rescatemos una reflexión misteriosa de Anthony de Mello: Si tienes un reloj siempre sabrás la hora. Si tienes dos, nunca estarás seguro. O: La meditación es como una relación de pareja: para profundizar en el amor y que la relación dé sus frutos, tienes que centrarte en una. Bueno, a veces las comparaciones afirman cosas que no son necesariamente ciertas, pero siguen teniendo efecto.

Tal y como lo estamos planteando, parece que cualquier opción es válida si se acompaña de una buena comparación. Pero es lo contrario: que haya una buena comparación no significa que lo que afirme sea cierto. Entonces, ¿qué referencia podemos tener? Preguntemos a la neurociencia.

Lo primero que nos encontramos es otra comparación que defiende la fidelidad en la práctica a una sola técnica: Cuanto más practicamos algo más se fortalecen las conexiones neuronales y más eficientes son las vías de transmisión de información. Por lo tanto, cuanto más utilicemos una técnica, más eficientes nos volveremos. Y es cierto, pero no es lo único.

Cada técnica de meditación incide en unos grupos de neuronas distintos y, por lo tanto, tiene unos efectos distintos. No es lo mismo observar la respiración que las emociones. No es lo mismo observar las emociones que cultivar algunas de ellas. Tampoco es lo mismo observar de manera neutra las sensaciones de la piel que observar la consciencia que observa u observar sin más.

Cuando la Ciencia estudió la corteza visual de personas que aprendían malabares, se dieron cuenta de que, en poco tiempo, la capacidad de procesamiento de la información visual y la corteza visual se desarrollaban a la par. Es decir, las redes de neuronas que eran estimuladas reiteradamente se fortalecían y se hacían más complejas a base de fortalecer las conexiones neuronales y, lo que fue toda una sorpresa para entonces, la incorporación a la red de nuevas neuronas. Esto implica que el cerebro se adapta a su actividad. Así, es esperable que alguien que conduzca un taxi en Manhattan, donde las calles y avenidas son números, no tendrá el mismo desarrollo en la memoria espacial que una persona que trabaje de taxista en Madrid, donde las calles son más irregulares y tienen nombres más largos. Ni qué decir de quien empiece a trabajar ahora y use GPS…

Así, no será igual el cerebro de una persona que cultive la compasión y el amor incondicional que el de una persona que centra su atención en su respiración. Una de esas personas tendrá un desarrollo mayor de la zona temporoparietal (la zona de la empatía), de la amígdala (el procesamiento emocional) y de la ínsula anterior (ser conscientes de nuestras emociones) La otra, sin embargo, tendrá un desarrollo más importante en las zonas encargadas de ser conscientes de que la atención está en otro lado (la ínsula anterior y la corteza cingulada anterior), redirigir la atención (lóbulo parietal inferior y corteza prefrontal dorsolateral) y mantener la atención (corteza prefrontal dorsolateral). Con el tiempo, el desarrollo se irá centrando en la corteza prefrontal dorsolateral porque los mecanismos para redirigir y centrar la atención se habrán vuelto más eficaces.

Lo mismo ocurre con los distintos tipos de meditación. Por lo tanto, si queremos tener un cultivo equilibrado de nuestras capacidades, es mejor que nos familiaricemos con una cuántas técnicas de meditación que pertenezcan a distintas familias. Es decir, si practicamos una meditación que centra la atención en las fosas nasales, otra que la centra en el entrecejo, otra que la centra en el pecho y otra que la centra en una llama, aunque será muy beneficioso y cada meditación tiene unos efectos distintos, será más beneficioso si comenzamos centrando la atención en las fosas nasales, donde los constantes estímulos nos ayudarán a centrar la atención, luego sintamos las sensaciones físicas que provoca la respiración en el cuerpo (atención abierta), nos centremos también en la gratitud y podamos llevar finalmente la atención a la consciencia que observa, por ejemplo. Con cuatro meditaciones distintas hemos cubierto cuatro familias o tipos de meditación y podemos usar una y otra según nos apetezca o según necesitemos.

¿Cuatro tipos de meditación? ¿Cuántas hay realmente? Pues la verdad es que no hay un consenso claro. Técnicas de meditación hay muchas, ¡muchísimas! Y agrupar todas esas técnicas en pocos grupos no es fácil. Si tenemos en cuenta única y exclusivamente la forma en la que la atención se relaciona con el objeto, hay quienes las clasifican en dos grupos: las técnicas de atención centrada en un objeto y las técnicas de atención abierta a múltiples objetos.

Pero claro, ¿qué ocurre con las meditaciones sin objeto? En The mind of the meditator, tres de los mayores neurocientíficos especializados en meditación conciben esta práctica como una forma avanzada de atención abierta, pues algunas técnicas de atención abierta llegan a la conciencia testigo por descarte, es decir, todo lo que no es objeto de atención es la atención en sí misma. Sin embargo, también se puede llegar por el otro grupo, es decir, centrando la atención en la atención en sí misma, en el proceso de observación y/o en la sensación de la conciencia que observa. El profesor de meditación Giovanni Dienstmann la clasifica en un tercer grupo.

Además de estos dos o tres grupos, dentro del primer grupo, encontramos un conjunto de técnicas que centran la atención en el cultivo de las emociones. Estas prácticas tienen un efecto tan transformador y tan distinto a nivel cerebral que Matthieu Ricard, Antoine Lutz y Richard J. Davidson las consideran otro grupo en sí mismo. Nuevamente, nos encontramos en una situación parecida a la del anterior grupo. Podemos cultivar estas emociones con la atención centrada en la emoción en sí misma o podemos expandir esa emoción a todos los seres o, incluso, convertirla en una intención de relacionarnos a través de esa emoción con todos los elementos que capte una atención abierta. Esto último es bien interesante pues, mientras muchas técnicas de atención abierta tienden a disminuir la actividad de la amígdala, las técnicas de cultivo emocional tienden a potenciarla. Sea como sea, estas técnicas pueden considerarse como un grupo en sí mismo.

Por si una segunda o tercera lectura no ha sido suficiente para entender los tres párrafos anteriores, vamos a desarrollar cada uno de los grupos con ejemplos conocidos.

El grupo de técnicas de la atención centrada en un objeto incluye centrar la atención en la respiración, en un mantra, en un sonido, en una visualización, en un chakra, en una parte del cuerpo o en un objeto externo, como puede ser la llama de una vela, una hoguera, alguna figura geométrica o cualquier objeto o proceso de nuestra elección. Cuanta más armonía tenga el objeto, mejor. Cuanto más placentero nos resulte sostener la atención, más fácil y transformador será el proceso meditativo.

El grupo de técnicas de la atención abierta a múltiples objetos incluye las sensaciones físicas derivadas de la respiración o de los latidos del corazón, las sensaciones físicas de la piel, los pensamientos o las emociones, los sonidos que nos rodean, una mirada con el campo visual ampliado, la sensación de espacio que nos rodea, las gotas de lluvia sobre la piel o en un charco o cualquier otro conjunto más o menos caótico de estímulos. Aquí también ayudan la armonía del conjunto de objetos y el placer de contemplarlos.

El grupo de técnicas que llevan la atención a la atención misma y a la conciencia que observa puede resultar un poco complicado al principio, pero hay truquillos para pillar la sensación de la atención y de la conciencia observadora. Con este conjunto de técnicas es importante advertir de que, en su mayoría, son promovidas como forma de desconexión del cuerpo, de las emociones y del resto de la realidad. Ya hablamos del baipás espiritual. A nivel filosófico se conoce como movimiento neo-advaita o de la no-dualidad y, aunque fue promovido por alguien de la India, Ramana Maharshi, el sufijo neo delata su falta de tradición. Promueve la desconexión con todo lo físico para llegar a esa consciencia observadora. Sin embargo, se puede llegar al mismo sitio sin huir de nada, al igual que centrar la atención en la llama no niega la existencia de todo lo que no sea la llama. La consciencia observadora es parte de nuestro ser y ser conscientes de ella nos da un sereno punto de referencia desde el cual observar e integrar lo externo y lo interno. Por último, esta consciencia suele ser ubicada en distintos centros según distintas tradiciones. Otras la ubican fuera del cuerpo de manera difusa. Y todas las tradiciones se basan en una experiencia vívida, muy real y reproducible. Entonces, ¿quién tiene razón? Todas.

Por último, encontramos un grupo de técnicas que se basan en cultivar una serie de emociones que afectan de manera muy intensa a cómo nos relacionamos con otras personas y con nuestro cuerpo en sentido amplio. Es frecuente el uso del amor incondicional, la compasión, la alegría altruista, la gratitud, la amabilidad, la humildad… Y todas ellas son bastante sanadoras y un buen antídoto para el baipás espiritual. La persona que las cultiva suele empezar cultivando esa emoción y orientándola primero hacia ella misma, luego a una persona cercana, a una persona con quien tenemos una relación superficial y neutra, a una persona con la que tenemos una relación difícil, a las cuatro a la vez y se sigue expandiendo al Universo entero. El orden es orientativo. Por cuestiones culturales, en Occidente suele ser más útil invertir el orden de los dos primeros pasos. De todas formas, lo mejor es escuchar las necesidades de nuestra práctica.

Una vez explorados los dos, tres o cuatro grupos, podemos improvisar en cualquier momento cualquier tipo de meditación de cualquiera de los grupos. Podemos variar como queramos y adaptarnos a nuestro entorno. Si la vida nos da limones, ¡hagamos limonada! Si no estamos en un ambiente muy silencioso, por ejemplo bajo un tejado de chapa en un día de lluvia, y nos cuesta centrarnos en nuestra respiración o en las sensaciones de la piel, sabemos que podemos llevar la atención al sonido de cada gota y no necesitaremos ninguna guía o instrucción.

Para terminar este apartado, podemos explorar los cuatro tipos en muy poco tiempo:

  • para empezar, podemos llevar la atención a las sensaciones físicas que ocurren como consecuencia de la respiración: distensión y contracción de diversos tejidos, incremento y descenso de la presión interna, frío y calor en la nariz, movimientos sutiles de varias partes del cuerpo… Y para ello podemos incluso tumbarnos, ¡Es tan fascinante y entretenido que es difícil dormirse! Tiempo: unas respiraciones.
  • luego podemos mantener la atención en el punto entre las cejas. Dependiendo del cansancio puede ser recomendable que nos sentemos. Tiempo: unas respiraciones.
  • cuando nos apetezca podemos llevar la atención a todas las sensaciones físicas que inundan nuestra mente al inhalar y devolver la atención al punto entre las cejas al exhalar. Tiempo: hasta que queramos pasar a la siguiente práctica.
  • poco a poco iremos notando el contraste entre una atención abierta y una atención centrada. Así nos resultará más fácil llevar la atención a la atención misma y, de ahí, al origen de la atención.
  • para terminar podemos ofrecer toda la paz que hayamos sentido a quien queramos y en el orden que nos apetezca.

Exploremos y juguemos. Que la meditación siga siendo una práctica libre y consciente.

LA MEDITACIÓN DA PAZ INTERIOR

En la mayoría de los casos nos encontramos con gente que nos cuenta qué bien le va con la meditación y, en muchas páginas y libros, podemos leer sobre los beneficios de la meditación, ¡interminables listas de beneficios, increíbles efectos de todo tipo! A veces estos beneficios se han comprobado en estudios científicos y otras veces se basan en suposiciones y/o percepciones subjetivas que, o bien han sido desmentidas por la Ciencia, o bien todavía no han sido estudiadas. Independientemente de eso, el caso es que casi siempre se habla de sus beneficios.

Sin embargo, hay un elefante debajo de la alfombra y la mayoría parece no darse cuenta. Entender este elefante es fundamental para profundizar en la meditación y, a pesar de ello, es imposible encontrarlo en la mayoría de los libros, guías y webs de meditación que hay en Occidente. Al igual que nos enseñan a tapar, esconder, negar o no querer ver ciertas emociones que juzgan como negativas, tampoco se cuenta este aspecto de la meditación. Por ello, levantar la alfombra nos puede aportar un conocimiento muy valioso para integrarnos a un nivel muy profundo, así como darnos herramientas para cuando vengan los baches en nuestra práctica meditativa, si vienen.

Algunos de estos baches han sido recogidos por la bibliografía científica occidental. Estos incluyen episodios de pánico, ansiedad, no reconocerse frente al espejo, sentir que la realidad es surrealista, revivir traumas, sensación de incapacidad de habitar el cuerpo, sensación de aislamiento, desconexión con las propias emociones o las ajenas, aumento del estrés, tristeza profunda, depresión, brotes psicóticos, delirios, alucinaciones, aumento del narcisismo, comportamientos suicidas, vacío espiritual, apego a estados alterados de conciencia, vanidad “espiritual” y noches muy jodidas. Y la lista sigue, como la del prospecto de un medicamento y, como con las pastillas, muchas personas prefieren no leérselo o ni siquiera saben que existe.

Detrás de cada elemento de esta lista hay muchas historias de sufrimiento. Muchos de estos episodios son puntuales, pero otros pueden durar años. Normalmente se vive como algo anecdótico y se sigue con la práctica, pero a veces quien los vive abandona la práctica durante años o para siempre, o incluso se quita la vida. Pero, ¿es muy frecuente? Aunque se llevan documentando estos efectos desde finales de los ’70, no se ha sistematizado su estudio hasta 2017, cuando se vio que, independientemente de la religión o la práctica meditativa, en torno a una cuarta parte vivía estas experiencias desagradables. Es decir, que cualquier persona que esté meditando se beneficiaría si supiese que algo de esto puede pasar y tuviese herramientas para afrontarlo.

Una herramienta importante es ser consciente del efecto terrible que puede tener un nombre, una etiqueta, un diagnóstico. Muchas veces el nombre que le damos a una experiencia, por ejemplo la psicosis o un brote psicótico, nos predispone a identificarnos con esa experiencia y ser una persona psicótica. Esto fija la experiencia puntual, la cronifica y nos impulsa a adoptar el resto de síntomas asociados al diagnóstico, es decir, el diagnóstico nos puede enfermar. Por suerte, ser conscientes de esta influencia la disminuye.

Además, el diagnóstico no es el punto fuerte de la psiquiatría. Por un lado, el manual de referencia de la Asociación Americana de Psiquiatría, el DSM, lleva ya varias ediciones con muchos cambios. La última, el DSM-5, ha recibido muchas críticas por poner demasiado bajo el listón de la enfermedad mental: cuantas más personas sean diagnosticadas, mayor será el consumo de psicofármacos. Por otro, el diagnóstico en psiquiatría falla más que una escopeta de feria. Rosenhan fue un psicólogo que convenció a ocho personas sanas para que pidieran el ingreso en una clínica psiquiátrica diciendo que escuchaban voces para luego decir que ya estaban bien. Todas fueron aceptadas, pero tardaron semanas en salir. Esto causó un gran revuelo y varios hospitales saltaron para decir que eso a ellos no les pasaría. Rosenhan les dijo que les enviaría más personas sanas y aceptaron el reto: rechazaron a la mitad, pero Rosenhan no envió a ningún falso paciente. Ahora la cosa ha mejorado un poco y hay más controles, pero el diagnóstico sigue siendo impreciso, por ejemplo, diagnosticando a una mujer con trastorno de ansiedad cuando lo que le ocurre es que está recibiendo violencia de género.

Otra herramienta muy valiosa es el acompañamiento en nuestro proceso. Simplemente el hecho de poder contarlo le quita hierro a la experiencia. Y, si encima se lo podemos contar a una persona con experiencia en meditación, nos librará del efecto diagnóstico, nos ayudará a entender qué nos ha pasado y nos dará herramientas para integrar esa experiencia y seguir practicando. Porque dependiendo de cómo nos lo tomemos, la experiencia nos podría enriquecer o destruir.

Estas experiencias no son un descubrimiento de la Ciencia Occidental. Prácticamente todas las tradiciones las describen. Además, existen muchos paralelismos entre las clasificaciones que dan y también en las soluciones que proponen. Una diferencia es que no diagnostican a las personas y suele haber un acompañamiento.

Como este es un libro sobre yoga, empezaremos por las kleshas descritas en los Yoga Sutras de Patanjali. Lo primero es que no se conciben como alteraciones psicopatológicas, sino como obstáculos en nuestra práctica espiritual. Y nos las explican con un orden muy interesante. La primera de las cinco kleshas es la ignorancia, sensación de separación o, mejor dicho, ausencia de sabiduría o ausencia de experiencia de conexión. La segunda va más allá. En vez de no ser conscientes de lo que nos une, lo que hacemos es crear la sensación de separación cuando nos identificamos solamente con una parte de lo que somos, por ejemplo, nuestro cuerpo físico, nuestra ideología, nuestras emociones, nuestros patrones de pensamientos… Esta barrera creada a través de esa identificación errónea nos hace sentir que no somos lo otro, el resto, lo que no somos, es decir, nos separa del estado de yoga. Si la primera y la segunda están relacionadas, la tercera y la cuarta también. Si bien la tercera es el apego a las experiencias placenteras, la cuarta es la aversión a las experiencias desagradables, como las que estamos tratando aquí. La quinta, por último, es la máxima expresión de la cuarta: el miedo a la muerte. Esta muerte puede ser la del cuerpo físico, pero también puede ser una muerte psicológica (pérdida de la salud mental, las capacidades cognitivas o la memoria), una muerte social (exclusión)…

En la meditación vipassana existen 16 etapas del pensamiento, seis de las cuales son bastante chungas y se llaman el conocimiento del sufrimiento. Desglosándolas tendríamos el conocimiento de la disolución, del temor, del sufrimiento, del asco, del deseo de liberarse y de recontemplación. Luego la cosa mejora, pero la travesía por el desierto toca atravesarla.

En el cristianismo, el místico San Juan de la Cruz acuñó el término la noche oscura del alma para describir estas experiencias durante la práctica espiritual de unirse a Dios. Debido al carácter personal de la relación con la totalidad que hay en el cristianismo, es frencuente que sientan el abandono de Dios y, por lo tanto, la pérdida de sentido de la oración o de la contemplación.

En el budismo Zen hablan de los makyos, una palabra japonesa que significa cueva o lugar del diablo, diablo en el sentido de separación. Es aferrarse a una experiencia o habitarla cuando no está sucediendo. Es toda experiencia que se sale de lo esperable en una observación tranquila de la realidad, sin más clasificación.

En el budismo tibetano, los nyams son experiencias transitorias que ocurren durante la meditación y son descritas con imágenes sencillas que hacen referencia a distintos grados de agitación mental: arroyo en una colina escarpada, río turbulento, río manso, océano sin olas y vela que no es agitada por el viento. Los nyams avanzados tienen nombres más directos: dicha, luminosidad y ausencia de pensamiento. Aunque no parecen tan terribles como los descritos en Occidente, tienen claro que estas experiencias no son el objetivo de la meditación.

En otras tradiciones reciben otros nombres, pero en todas ellas son conscientes de que existen, son algo muy común y no son el objetivo de la meditación ni de la práctica espiritual. Sin embargo, no hay un consenso claro en la forma de relacionarse con ellas. Pero de la diversidad de estrategias podemos sacar aprendizajes muy interesantes.

Una estrategia muy común es la de observarlas y no aferrarse a ellas, ni a las agradables ni a las desagradables. Para ello, una posibilidad es la de dejarlas ir, pero otra puede ser la de destruirlas activamente. Obviamente, la experiencia no se puede destruir porque ya ha pasado, pero al destruirla mentalmente destruimos nuestro apego a ellas. Esta herramienta viene el budismo tibetano, en cuyos nyams no incluyen esos cuadros psicopatológios tan severos que describe la Ciencia Occidental; sin embargo, también ayudan a no identificarnos con la experiencia y sufrir el efecto del diagnóstico. Ni qué decir queda que la destrucción de la experiencia es una visualización que no implica negarlas, reprimirlas y empujarlas al subconsciente porque no queramos ser conscientes de ellas. Al contrario, sentirlas y reconocerlas es fundamental para integrarlas y que nos sean útiles.

Otra estrategia es no hablar de nuestras experiencias, aunque esa estrategia las convierta en una especia de tabú espiritual que deje sin la preparación adecuada a quienes las puedan vivir. No hablar de ellas tiene sentido cuando fardamos de haberlas tenido porque, por un lado, nos acabamos identificando con esa persona que ha tenido esas experiencias y porque, por otro lado, alimentamos ese mito de una espiritualidad basada en vivir experiencias no cotidianas y fomentamos que otras personas busquen ese tipo de experiencias. Pero si nuestra intención es otra, hablar de estas experiencias puede ser muy útil. Como decíamos antes, hablar de ellas les quita hierro y, si la comentamos con alguna persona de nuestra confianza, nos puede dar claves muy interesantes para sacarle todo el jugo.

Estas experiencias no cotidianas pueden llevarnos muy lejos de nuestro centro y, como meditar viene de habitar el centro, Siddharta Gautama tenía una estrategia para volver a tierra y era, precisamente, la de tocar el suelo con la mano. Si nos alejamos de la realidad, ¡toquémosla! Incluso aunque no estemos en plena meditación, tocar y sentir conscientemente la tierra es una buena forma de descargarnos, relajarnos y volver a la realidad.

Aunque desde el principio del texto nos hayamos enfocado en las experiencias más desagradables, es curioso cómo también, en varias tradiciones, se nos advierte por igual de experiencias mucho más agradables, muchas de las cuales son un resultado directo o intencional de la meditación. Por ejemplo, los nyams avanzados del budismo tibetano incluyen experiencias como una gran paz interior, una agradable disolución de las fronteras del yo y una profunda conexión con lo que nos rodea. Entre los makyos se incluyen experiencias parecidas al Satori. El ascenso de la energía kundalini también es una de estas experiencias. Y es que las experiencias agradables también pueden actuar como las desagradables en cuanto a que nos sacan de la meditación: podemos identificarnos con ellas, dejar de meditar y empezar a buscarlas una y otra vez.

Además de obstáculos, también pueden ser de gran ayuda. En el budismo tibetano hay tres fases en el camino espiritual: entendimiento, experiencia y toma de consciencia. Es decir, la experiencia forma parte del camino espiritual siempre y cuando nuestra relación con ella no nos impida seguir haciéndonos conscientes, es decir, siempre y cuando nuestra relación con ella no sea un impedimento en la meditación ni genere barreras en el proceso de conexión.

En el misticismo cristiano, las conciben como bendiciones disfrazadas. Por un lado, si son experiencias desagradables y continuamos con la oración, lo haremos por amor a Dios. Y si nos agradables y seguimos en el camino de la oración en vez de quedarnos simplemente en la experiencia, lo haremos por amor a Dios. Traducido a un lenguaje más inclusivo: pase lo que pase, lo importante es seguir meditando. O: más importante que los resultados es el proceso.

Ya sabemos que el objetivo de la meditación no es la iluminación, la experiencia mística o la disolución absoluta de la sensación de separación, pero si continuamos disfrutando de la práctica de la meditación, hemos de prepararnos para las consecuencias de este proceso. Para ello, además de la sabiduría aprendida de otras tradiciones, todo lo que nos pueda ayudar en el proceso es bienvenido y tanto la psicología transpersonal como la neurociencia pueden ser de gran ayuda.

La psicología transpersonal nos cuenta que al nacer empezamos a tener experiencias que, para un saquito vulnerable de amor incondicional que somos, son demasiado difíciles de manejar. Un ejemplo: tenemos hambre y nuestra mamá no viene, así que empezamos a llorar. Oímos la voz de nuestra madre, pero pasa el tiempo y no viene. Quizás estaba haciendo algo importante o urgente y nos digo que ahora venía, pero ni sabemos ni entendemos. Nuestra experiencia visceral nos dice que tenemos hambre y nuestra llamada de auxilio no está siendo atendida. Entonces nos enfrentamos a la posibilidad de que no venga: el abandono y la muerte por inanición. Esto es tan insoportable que nuestra mente nos protege y al saquito vulnerable de amor incondicional le empiezan a crecer capas que lo endurecen y lo protegen. Quizás nueve años después esta situación no hubiese conllevado nada más que una oportunidad para cultivar nuestra paciencia y nuestra tolerancia a la frustración, pero no hacemos nada por quitarnos esas capas y se nos siguen acumulando.

La espiritualidad nos va quitando capas y muchas veces tenemos las herramienta suficientes como para integrar esas experiencias, pero otras veces no. En esos casos, lo mejor es que adquiramos las herramientas necesarias antes de abrir la caja de Pandora. Por ello, las prisas en el proceso espiritual no son sanas y nos pueden desestabilizar profundamente. Forzar el proceso de apertura es una forma de violencia si se acompaña de la intención de acelerarlo. A veces nos exponemos a terapias de sanación o prácticas de conexión muy intensas sin saber de antemano lo que va a pasar. Por eso es importante continuar con el acompañamiento durante unos días, aunque además sigamos aplicando las herramientas que las tradiciones espirituales nos ofrecen.

Otra cosa a tener en cuenta es que, si el ego nos  proporciona seguridad y nos protege, es importante que mantengamos un equilibrio entre la apertura y el cierre. El ego no es un enemigo a batir, sino una herramienta a integrar en nuestra vida. No todos los egos son iguales. Hay personas que tienden a generar relaciones de dependencia, no aceptan partes de su ser o no tienen claro su papel en cada una de sus relaciones interpersonales y niveles de su experiencia cotidiana: aquí soy amigo, aquí soy hija, aquí soy alfarero, aquí soy una contribuyente, aquí soy un sujeto político, aquí soy una persona, aquí soy un ser vivo… Si el ego, nuestra consciencia como individuos, no está bien estructurado, quizás sea mejor no andar desmontándolo mucho, no vaya a ser que al final nos sobren o falten piezas y se nos venga abajo el chiringuito. Cuanto más incidamos en el auto-reconocimiento, más segura, suave y transformadora será nuestra práctica.

Para alcanzar una mayor armonía entre los elementos que conforman nuestra identidad individual es importante integrarlos de manera adecuada. Lo primero es entender que forman parte de nuestro ser individual, en vez de pensar que son obstáculos para conectar con nuestra esencia. La intención reiterada de separarnos en partes nos va desintegrando y nos dificulta el auto-reconocimiento. Además de una perspectiva integradora de nuestro ser individual, el siguiente paso es entender qué elementos existen, qué función o funciones cumplen y qué relaciones establecen con otros elementos, Así, nos iremos reconociendo como un sistema complejo, armonioso y sensible a los cambios internos y externos. Tras el entendimiento viene la experiencia, la puesta en práctica. Y eso nos va haciendo más conscientes de lo que somos, del cómo y del por qué somos así en cada momento.

Así, con un ser integrado, podremos vivir experiencias desagradables, pero tendremos más capacidad de integrarlas o, si no podemos, volveremos a construir la barrera para protegernos. Sin embargo, si con nuestra práctica de baipás espiritual nos negamos y nos desintegramos, dejaremos a nuestro ser individual más desprotegido ante las experiencias desagradables, ya que nos costará más montar una protección que, además, nos negamos. Aunque, por otro lado, también tendremos una mayor capacidad de desconectarnos de nuestras emociones ante episodios de tristeza, ansiedad o pánico. Y, ya sabemos por la medicina alopática, que acallar los síntomas, silenciarlos o desconectarse de ellos, no soluciona nada. Insensibilizarnos no ayuda, al contrario.

Una última consideración viene de la neurociencia, que nos muestra la base fisiológica del cambio y el aprendizaje: la neuroplasticidad. Aquellos hábitos que más practiquemos se irán reforzando. Por ello, es muy útil ser conscientes de los hábitos mentales con los que nos relacionamos durante la meditación. Por ejemplo, si nos exigimos mucho durante la meditación porque queremos cumplir ciertas expectativas y meditamos todos los días, estaremos practicando la exigencia todos los días y nos acabaremos volviendo personas muy exigentes. Si tenemos una forma de meditar porque pensamos que así es como se medita, entonces acabaremos desarrollando una gran rigidez mental. Al final, somos más lo que más hacemos.

Ahora que sabemos cómo es el elefante que hay debajo de la alfombra y de dónde viene, podemos enmarcar la meditación en un contexto más amplio. Ya sabemos que hay personas para las cuales puede ser muy perjudicial una práctica intensiva, pero también sabemos que lo que más necesitan es practicar el auto-reconocimiento y que, gradualmente y llegado el momento, pueden empezar con la meditación en pequeñas dosis.

Si hemos visto el elefante no es para salir corriendo y cogerle miedo a la meditación, sino para que no nos pille de sorpresa y, cuando se despierte, aprender de su sabiduría. Porque para sentirnos bien, a veces necesitamos sentirnos mal.

MEDITAR OTORGA SUPERPODERES

Al igual que la neurociencia nos dice que las hábitos que más practicamos se van reforzando, ocurre también con las habilidades. Otras, sin embargo, se pueden despertar con la meditación. Al ser habilidades poco comunes, hay mucho oscurantismo en torno a ellas, tanto que se las ha llamado poderes mentales, poderes psíquicos o perfecciones místicas. Incluso en el budismo tántrico se habla de adquirir poderes sobrenaturales por medios mágicos. Así no es de extrañar que tanta pomposidad despierte cierto interés y se acabe meditando para desarrollar estos superpoderes. Y, claro, tampoco sorprende que digan que estas habilidades, llamadas siddhis, son un obstáculo o una distracción para la iluminación. Es como un makyonyamklesha pero en modo habilidad. Y, al igual que entender la causa y el proceso por el cual surgen estas experiencias nos ayuda a establecer una relación sana con ellas, lo mismo ocurre con estas habilidades.

Lo primero es desmitificar y contextualizar estas habilidades. Por ejemplo, aduanduam o tolerancia al frío y al calor es una práctica habitual en el budismo tibetano y es enseñado por un profesor de yoga kundalini llamado Win Hof. Él ha colaborado con la Ciencia y esta habilidad ha sido estudiada y verificada en laboratorio. Se basa simplemente en una exposición gradual al frío y/o al calor, el cultivo de una actitud adecuada de empoderamiento y determinación, una respiración adecuada y fomentar la activación o atenuación del fuego interno. Es una habilidad natural del cuerpo que cualquier persona, aún sin meditar, puede lograr. Y también es el principio del fin de las tiendas de abrigos.

Tri-kala-gñautam o conocer los tres tiempos (pasado, presente y futuro) también ha sido descrita en varias tradiciones. Cuando la mente se va calmando va siendo sensible a información que, de otro modo, pasaría desapercibida. No es nada sobrenatural. Simplemente no es común porque son necesarios dos requisitos bastante poco frecuentes: una mente atenta y relajada y una atención naturalmente dirigida a una información que nos han enseñado que no está disponible. Sin embargo, el Universo es un holograma, es decir, toda la información del Universo es accesible desde cualquier punto del mismo. Así ver en un lugar escenas del pasado con gran nitidez, localizar objetos mediante visión remota, adivinar quién nos está llamando al teléfono o intuir lo que va a pasar a corto plazo son habilidades que pueden aparecer puntualmente o de manera discontinua y se pueden entrenar. No es que la meditación nos haga especiales o superiores a nadie, sino que nos permite utilizar habilidades que todo ser humano tiene y muy pocas personas utilizan.

Para chitta adi abhigñatá o conocer las mentes de las personas no es sino la amplificación de la empatía. Tiene el carácter de acceso a la información de tri-kala-gñautam y una comunicación interpersonal donde se suma la información visual de su lenguaje no-verbal, su tono de voz, su contexto y lo que transmite su campo electromagnético. Consiste en mirar a una persona (o pensar en ella) y saber lo que va a decir, lo que siente o algo sobre su pasado. Y es algo relativamente común, aunque es más común no ser consciente de que percibimos esa información o incluso percibirla y no confiar en ella.

Vastua o dominio de los otros seres es una manifestación de la interrelación de todos los seres. El nombre, como poco, confunde. Para dominar a otra persona es necesario desvincularnos de ella y el yoga, sin embargo, nos conecta, nos relaciona. Y mediante esa relación podemos influir en esa persona para su beneficio y/o para el beneficio común, por ejemplo, en una sanación que cualquiera, con un poco de conocimiento y práctica, puede hacer. Pero no es dominio. Eso sería como si pensáramos que hemos esclavizado a una persona porque cada vez que pronunciamos su nombre tenemos un control total de su atención.

Prakamia o cumplir todos los deseos es otra expresión de la interrelación que tenemos con la realidad que nos rodea y está al alcance de cualquiera. Es la técnica de los tres dedos, un mudra que concentra nuestra energía en el sistema nervioso. Con la mente en estado α y conectando suavemente las puntas de los dedos gordo, índice y corazón, realizamos la afirmación deseada con pleno convencimiento. Este sencillo gesto influye en la realidad que nos rodea para acercarnos a la posibilidad deseada dentro del campo de posibilidades existente. Cualquiera puede ponerla en práctica y jugar. Eso sí, asegurémonos de que lo que queremos, lo queremos para el beneficio común.

En los vedas y otros textos clásicos de yoga se describen unos pocos más, pero no son los únicos. En los Yoga Sutras de Patanjali se nos dice que, si sostenemos la atención sobre alguna cualidad durante el suficiente tiempo, la asimilamos. Y nos da varios ejemplos. En uno de ellos, nos dice que si nuestra práctica se centra en la fuerza del elefante, la adquirimos. Y hay muchos casos documentados de personas que han sido capaces de desplegar una fuerza aparentemente imposible para un ser humano, como levantar un coche, un helicóptero o vencer a un oso y, además, sin tener una forma física especialmente entrenada. Es lo que se denomina la fuerza histérica.

Otro ejemplo de los Yoga Sutras de habilidad adquirida es la que se obtiene al centrar la práctica en la tendencia ascendente del cuerpo. El resultado es una ligereza cada vez mayor del cuerpo. Como siddhi se denomina laghima y nos permite caminar sobre las aguas o flotar sobre el aire. En el cristianismo se llama éxtasis ascensional y hay unos once casos documentados. Aunque no se ha comprobado nunca en laboratorio, sí que hay diversos testimonios de los primeros antropólogos occidentales en la India.

Los ejemplos descritos en los Yoga Sutras y los vedas son pocos comparados con las posibilidades. Y es que el cuerpo humano tiene un potencial espectacular, aunque normalmente es sepultado por una vida sedentaria y disoluta, mucho ruido, tanto interno como externo, unas creencias muy limitantes sobre lo que se puede y no se puede hacer y una forma de relacionarnos con nuestro cuerpo y nuestra mente basada en el dominio.

Por suerte, en todas las culturas hay personas que han desarrollado parte de su potencial, desafiando, sin pretenderlo, los límites de lo supuestamente posible. La parapsicología estudia valientemente estos casos, algunos de los cuales son sucesos puntuales y no buscados y otros son habilidades que, quienes las han desarrollado, pueden utilizarlas a voluntad. Algunas de estas historias pueden parecer una simple anécdota, pero su falta de explicación según la visión positivista nos revelan que todavía nos queda bastante para entender el potencial de nuestro cuerpo.

Los vínculos que nos unen pueden ser intensos y a veces nos permiten enviar o recibir información. Por ejemplo, Rosa Esplugas salió corriendo de se casa sabiendo que a su hija le había pasado algo. Tras recorrer varias calles la llamaron para avisarla de que su hija había tenido un accidente con la moto y se había roto el húmero. A veces esta información no llega con una sensación de certeza, sino con una visión. En 1942, Ledda se encontraba paseando por las calles de su ciudad, Turín, cuando sintió como si derramaran un saco de arena detrás de ella. Cuando se dio la vuelta vio a su marido en el suelo, sangrando y con la cara casi sepultada por la arena. Cuando se frotó los ojos resulta que era un abrigo viejo que alguien había tirado a la calle; sin embargo, unas horas antes los aliados habían herido a su marido durante unas operaciones militares en el desierto. En algunos casos, esa información puede llegar a somatizarse, como les pasó a dos gemelas de cinco años, Marta y Silvia Landa, en 1976, en Murillo de Río Leza (Logroño). Silvia estaba con su abuelo en Logroño cuando le enseñó la mano derecha enrojecida. Al día siguiente se enteraron de que Marta se quemó con la plancha la mano derecha justo a la misma hora. Una comisión de la Sociedad Española de Parapsicología hizo una serie de pruebas a Marta: reflejo rotuliano, reflejo pupilar, un estímulo olfativo y test de selección de imágenes y colores. Y otros médicos de la misma comisión certificaron la sincronización entre las pruebas realizadas a Marta y las respuestas fisiológicas de Silvia: movimiento de la rodilla, de la pupila…

La hiperestesia o incremento en la capacidad sensorial y la parestesia o percepción de unos estímulos con un sentido alternativo son cualidades que ocurren en ciertos estados de conciencia, muchas veces espontáneos, y que además se pueden desarrollar con la práctica. Hellen Keller fue una increíble activista sordociega y es conocida su capacidad de reconocer a quienes iban a visitarla mucho antes de que llamaran a la puerta. Mientras subían las escaleras tenían una pisada particular, que emitía unas vibraciones que podía percibir a través de los pies. Además de escuchar con los pies existen otras formas de percepción poco comunes. Rosa Kuleshova sorprendió al mundo con la habilidad de poder leer con las manos cualquier texto impreso en papel, sin relieve. Hermann B. en la Alemania de entreguerras vigilaba una central hidráulica por la noche y de repente se despertó sobresaltado porque escuchó que las turbinas giraban a 60,02ciclos/segundo, en vez de 60ciclos/segundo. Y estos son algunos ejemplos de una larga lista.

Otra capacidad que puede despertarse con la meditación es la clarividencia, demostrada en 1923 ante notario y validada después por el famoso ilusionista Harry Houdini, quien conocía todos los trucos de la época. Joaquín Argamasilla pudo leer perfectamente diversos extractos de páginas arrancadas al azar de distintos libros en una habitación distinta a la suya, colocadas en una caja metálica cerrada y trasladadas a su habitación.

Y la lista de capacidades sigue, muchas de ellas estudiadas en individuos excepcionales.

Desde hace unas décadas la parapsicología se ha propuesto desarrollar pruebas muy sutiles para poder estudiar en un laboratorio estas capacidades en personas cotidianas. Esto nos permitiría también evaluar los métodos que hay, u otros nuevos, que afirman poder desarrollar estas habilidades.

Ahora vivimos muy por debajo de nuestras posibilidades, pero quizás en unas pocas décadas o siglos los seres humanos desarrollemos estas capacidades en la escuela y eso nos permita vivir con más armonía entre nosotros y con la Naturaleza. Con respecto a los siddhis, ahora nos movemos entre el deseo de obtenerlos y considerarlos un obstáculo por el deseo que pueden generar o la sensación de sentirnos especiales. Aunque la pregunta más importante es: ¿para qué podríamos querer estas habilidades?

Independientemente de estas habilidades naturales y poco desarrolladas de nuestro potencial, lo fundamental es que la meditación nos permite desarrollar el superpoder más importante y fundamental de todos: el superpoder de amar, de escuchar, de vincularnos. Esto es, sin duda, lo más transformador de la meditación y, además, el papel de la misma dentro del yoga.

Ojalá seamos capaces de comprender el poder inmenso de una atención estable y aprendamos a utilizarlo. Cuando lo hagamos, comprenderemos nuestros vínculos a través de la experiencia, comprenderemos que formamos parte de la inmensa red de la vida y dedicaremos nuestra vida al bienestar de toda esta red de relaciones que somos.

Si tuviéramos que resumir la meditación en una palabra, sería ésta: atención…

Nada más importa.