El yoga implica dejar de hacer posturas

Hemos nacido en una sociedad donde nos enseñan que hay que esforzarse para obtener resultados, que algo no tiene valor si no nos ha costado esfuerzo y que el esfuerzo y la fuerza son poder. Qué gran cagada…

Sobre la esterilla venimos con todo nuestro bagaje cultural, todas nuestras creencias, nuestras herramientas… y es normal que tendamos a esforzarnos en cada postura, dar lo mejor que podemos dar e intentar llegar un poco más allá. Venimos a la práctica de yoga con nuestras creencias y convertimos al yoga en una filosofía que fomenta esas creencias. ¿Cuántas veces hemos oído eso de «subimos la pierna un poco más», «aguantamos un poco más… un poco más…», «llegamos al máximo… y deshacemos»? Incluso la guía ética llamada Tapas, que tiene más que ver con el cuidado interno y la purificación interna (aunque lo de purificación no se ha de interpretar de manera puritana), se traduce muchas veces como «esfuerzo», malinterpretando ese «fuego que quema las impurezas».

En yoga se distinguen tres estados energéticos: la hiperactividad nerviosa o rajas, la pereza flácida o tamas y la energía serena o sattva. Por miedo a caer en la pereza flácida, acabamos por fomentar la hiperactividad nerviosa. Según una creencia muy extendida, el ser humano es perezoso por naturaleza y, por eso, tenemos que esforzarnos; entonces, para no caer en tamas, hay que esforzarse durante la práctica de yoga. Sin embargo, si así lo hacemos nos desconectamos de la posibilidad de profundizar en el yoga y alcanzar el estado de presencia serena de sattva.

¿Qué nos dice Patanjali sobre las posturas o asanas? Exactamente esto: «La asana debe tener una doble cualidad: la atención y la relajación». Cuando nos esforzamos, olvidamos la relajación porque la asociamos a la pereza tamásica. Sin embargo, es una parte tan importante como la atención. Por otro lado, si perdemos la atención, acabaríamos en una postura muerta, carente de la consciencia mínima que sujeta la postura, sin las tendencias internas que le dan forma…

Entonces, ¿cómo encontrar ese equilibrio, ese estado sáttvico?

Aquí una enseñanza bellísima del karma yoga nos puede dar una clave interesante: No soy yo quien realizo mis acciones, sino que, cuando me encuentro en perfecto estado de akarma (o estado de flujo, como diría Daniel Goleman), las acciones se realizan a través de mí.

Así, podemos pasar de «hacer la postura» a permitir que la postura se exprese a través de nuestro cuerpo, pasar de «dominar la postura» a rendirnos totalmente a la consciencia mínima de la postura, pasar de «mover el cuerpo» a dejar que el cuerpo siga las tendencias internas de la postura.

Si nos mantenemos en el primer caso «haciendo, dominando, moviendo, esforzándonos», daremos fuerza a la ilusión del yo separado del resto del universo y acabaremos cayendo en las dinámicas de éxito y fracaso que nada tienen que ver con el yoga. De hecho, en un mundo tan interconectado, la idea de mérito o demérito carece totalmente de sentido. En el yoga no hay nada que conseguir, simplemente un proceso de transformación gradual interna que nos lleva a ser parte de algo maravilloso.

Si damos el paso y empezamos a escuchar la postura, a sentirla, a entregarnos a ella y dejarnos llevar por su consciencia mínima, entonces empezaremos a percibir la sabiduría que hay en cada postura, una sabiduría que no se expresa en palabras. El yoga es unión, y a la unión se llega a través del amor. La escucha es una forma de amor, el esfuerzo no. Escuchar humildemente la esencia de cada postura y entenderla desde el silencio interno nos lleva al estado de yoga. En la escucha se percibe lo sutil, en la escucha podemos llegar al entendimiento de quiénes somos realmente, en la escucha aparecen nuestras relaciones, nuestra interconexión… y nuestra verdadera identidad, la identidad relacional, se revela.

Así que en yoga, cuantas menos tensiones tengamos mejor. En yoga, como en la vida, entendamos qué es lo esencial y entreguémonos a ello, liberándonos de todo lo superficial, de todo lo que no necesitamos, de todo aquello sin lo cual estaremos mejor…

Y entenderemos que lo más valioso llega con el no-hacer, con el vaciarse y escuchar. Ese maestro interior nos habla a través de cada respiración y cada postura. Si nos distraemos «haciendo» nos perderemos una gran lección. En yoga, la guía ética llamada Ishwara pranidhana o someterse a la voluntad divina, nos lleva a este estado de entrega, de perfecta obediencia a esa guía interior. Por lo tanto, al guiar una sesión de yoga, hemos de favorecer esa exploración, esa escucha, ese deshacerse de lo superfluo y conectar con la esencia de la postura, para que quienes practican puedan confiar en esa sabiduría que nos atraviesa en cada postura y nos nutre en cada respiración.

Para entrar en el estado de yoga, es necesario dejar de alimentar ese yo individual que «hace» posturas y empezar a escuchar tanto la postura que acabemos fundiéndonos con ella y perdiéndonos para encontrarnos.

Basta ya de una práctica superficial, sobre la esterilla y fuera de ella, escucha y ríndete a la realidad…